Un Mes En Kiribati (o La Anatomía Del Paraíso Primitivo)

por Florcita Swartzman

Las angostas callecitas de tierra que serpentean entre las aldeas de Tarawa Sur, la principal isla y capital de Kiribati, ofrecen una vista bastante particular: pequeñas chozas junto al mar construidas con hojas y palos de palmera, perros, gallinas y cerdos corriendo libremente y, por supuesto, los usuales grupitos de niños desnudos, riendo y gritando aquí y allá. Estos niños, nacidos en el paraíso tropical y criados en el eterno ahora, no tienen ningún problema al momento de señalar a un i-matang cuando lo ven. Pasas caminando entre ellos, el i-matang, el extraño blanco, y te siguen. No te dejan continuar caminando. Se acercan y te rodean, todo risas y grititos explotando como fuegos artificiales. Sí, te tocan. Toman tu mano, la miran curiosamente durante un rato, y la aprietan. Un apretón demasiado fuerte. ‘Eres real’ es lo que casi puedes escucharlos pensando. ‘¿Cómo puedes verte tan diferente a mí y sin embargo ser…tan similar?’ Seguro, la i-matang está desesperadamente necesitada de sol del Pacífico que broncee su pálida piel, pero puedes aprender una cosa de ella: venimos del mismo lugar.

Los mecanismos de la economía de mercado son relativamente recientes para los kiribatianos, cuya moneda oficial, además del dólar australiano -usado en la capital del país y felizmente ignorado en el resto del territorio- es el trueque. Ellos intercambian bienes por otros bienes y servicios, como pollos por ropa, pescado por ayuda para techar una nueva choza, arroz por tuba de coco, etcétera. Bajo todo punto de vista, una economía de subsistencia. Estamos frente a un país que el experto occidental, pobremente entrenado en el arte de la vida primitiva, llamaría ‘pobre’. ¿Qué es la pobreza, de todos modos, y cuáles son los parámetros que estamos utilizando para medirla? ¿Asociamos pobreza con una alta tasa de criminalidad? ¿Con el hambre? ¿Con la falta de seguridad económica? ¿Nos detenemos alguna vez a pensar que esos pobres podrían no sentirse pobres en absoluto? ¿Podrá ser que estemos, tal vez, ligeramente disparando la palabra pobreza sin una comprensión real de su significado?

Los kiribatianos no trabajan en el sentido en que nosotros lo hacemos. Ellos trabajan codo a codo con la naturaleza. Matan a sus animales para consumir la carne (a la antigua; sin industrias, dinero ni fábricas involucradas. Sólo ellos y su comida). Claro que no tienen horarios de trabajo, y sus funciones fisiológicas no están dictadas por ninguna convención externa, sino sincronizadas con sus relojes internos. Construyen sus casas con sus propias manos y comparten vida y risas con sus vecinos de aldea. ¿Quién necesita riquezas materiales cuando uno puede tomar, respetuosamente, todo lo que necesita de la naturaleza? Es evidente que los kiribatianos tampoco necesitan de ningún sistema de márketing publicitario que les diga cómo sentirse respecto de sus cuerpos ni sus elecciones personales. Nadie que nazca y se críe en una sociedad que inculca la autoaceptación tiene la necesidad de aprender el significado de palabras como envidia, vergüenza, resentimiento o avaricia. Nadie espera que seas alguien que no eres en una sociedad donde poco es suficiente.

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Después de las clases, los chicos generalmente se reúnen a jugar en grandes grupos. La edad no es un factor importante pero tienden a socializar más con sus compañeros de grado, ya que la aldea entera asiste a la misma escuela primaria. El género definitivamente tampoco es una limitación: en todas las aldeas se puede ver a las chicas jugando al fútbol, correteando descalzas y ensuciándose tanto o más que los chicos (¡el Pacífico no es el lugar indicado para venir a buscar princesitas delicadas!). Generalmente juegan también con piedras, palos y piezas de cualquier material descartado que puedan encontrar y convertir en nuevas creaciones y juguetes. Cuanto más te alejas de la capital, más raros se vuelven los dispositivos de entretenimiento como los televisores, las radios y los teléfonos. Sitiados por el sonido de risas infantiles, los adultos de la aldea tejen cortinas y alfombras de hojas de coco para sus chozas, hacen ejercicio, juegan -dependiendo del humor del día- al vóley o a juegos de mesa, van al agua a pescar y a nadar, trepan cocoteros para bajar la preciosa savia que después de destilada se beberá como tuba, y se reúnen a disfrutar de su mutua compañía. A veces los puedes ver sencillamente sentados, sin hacer nada, sin hablar. A veces las palabras no cuadran con ciertos momentos particulares.

En el atolón de Tarawa, la mayoría de las aldeas e islotes al norte de Tarawa Sur no tienen energía eléctrica: así que aprendes a despertarte con la salida del sol y el canto del gallo más cercano, vives tu día y te vas a la cama cuando los ojos se te cansan después de leer durante horas a la luz de la luna. La desintoxicación de nuestras distracciones diarias no es tarea fácil, pero al final te acostumbras tú también al silencio y a la contemplación, cuando te das cuenta de que los teléfonos móviles y las computadoras no tienen realmente lugar en una isla como ésta. Es casi como si fueran máquinas incoherentes, herramientas innecesarias de otro tiempo. Sin ellas te familiarizas más fácilmente con las fases de la luna, el comportamiento del clima, la forma en que la mente colectiva de los pájaros está siempre en sintonía con el cielo y otros, quizás más verdaderos, aspectos de nuestra realidad más inmediata como seres humanos.

‘Kiribati: para viajeros, no turistas’ es el eslogan de la Oficina de Turismo de Kiribati. Y detrás de esas palabras se esconde un manifiesto en cinco palabras, una advertencia e incluso hasta también una orgullosa declaración identitaria. En el mundo queda hoy solamente un puñado de paraísos primitivos, vírgenes, ajenos a los intereses de la esfera económica de Occidente, librados a su propia autodeterminación. Algunos otros no han sido tan afortunados a lo largo de nuestra Historia, pero son parte de ella también. No muchos exploradores tienen el coraje de aventurarse a las profundidades del corazón de este archipiélago, pero si te dejas tragar por él y luego regresas, como si hubieses atravesado el espejo para siempre, a una dimensión que ya no te pertenece, es seguro que volverás con un mensaje: no te olvides de tus raíces.

Para más información sobre la experiencia de Florcita en Kiribati, visita su blog o clickea acá para leer el resto de sus artículos en The Coolidge Review.

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