Sobre Buenos Aires y Otros Sustantivos Irregulares

Por Florcita Swartzman

Aunque usted no lo crea, Buenos Aires no es exactamente lo que se diría una ciudad amable. Si usted vive en las afueras, en el conurbano bonaerense, tendrá que treparse a uno de esos trenes rojos o azules que traspasan los barrios y las horas lúcidas hasta llegar a Buenos Aires, la injusta hermana mayor que lo recibirá con una mirada llena de desconfianza y burla. Si usted vive en otra provincia, tal vez lo invada la leve sensación de que ella es el escenario en donde el resto del país está apenas invitado a actuar. Y en cualquier caso tendría razón: la capital a veces puede comportarse de forma muy tiránica con sus provincias vecinas; no es ninguna sorpresa que Juan Bautista Alberdi haya escrito que “Argentina salió del coloniaje de España solo para caer en el coloniaje de Buenos Aires”. Colonialismo interno, que le dicen.

 

Dicho esto, Buenos Aires no es tan cruel (aunque a veces lo pareciera). Estrictamente hablando, es una ciudad de contrastes y colores soleados. Excepto durante los días de lluvia, cuando se convierte en una metrópolis gris con baldosas que se lamentan por los desamores y la traición, como los antiguos tangueros, y en su dolor salpican con lágrimas lodosas los pies de los transeúntes. Tristes lágrimas porteñas. Pero hay otros momentos, como las tardes cálidas de verano, en que los jacarandás florecen cubriéndolo todo con sus pétalos violetas mientras que los porteños también florecen, a su manera sureña y humana: se sientan en las mesas afueras de los cafés a tomar un cortado y charlar durante horas sobre sueños, amor y las dificultades de la vida como lo han hecho desde el principio de los tiempos. O se juntan con amigos los domingos en un parque a tomar mate, esa bebida parecida al té que los extranjeros insisten en considerar como alucinógena. No lo es, créanme.

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Como el café, la cerveza y la pizza son todo un hit en Buenos Aires. Principalmente la pizza; uno de los más grandes legados de la inmigración italiana en Argentina (aunque la receta ha mutado tanto a lo largo del tiempo, que ahora nos quejamos de la vera pizza italiana cuando vamos a Nápoles porque no hay nada en el mundo como una buena pizza porteña). Pero la pizza no es el único tesoro cultural que Italia ha compartido con nosotros: bisabuelas capaces de cocinar spaghetti alla bolognesa para una legión romana entera, modismos del lunfardo como laburo, birra, testa, matina, fiaca, mufa or capo, los gestos exagerados que acompañan la charla estridente y nuestra actitud general frente a la vida son todos resultados directos de la llegada masiva de inmigrantes italianos pobres al puerto de Buenos Aires entre las décadas de 1850 y 1960.

 

Y claro que en Buenos Aires también están los buses: no puedes vivir con ellos, no puedes vivir sin ellos, pero tienes que entender de qué se tratan si quieres comenzar a ordenar las piezas de tu rompecabezas para interpretar esta ciudad. Los buses públicos -o colectivos como nosotros los llamamos- gobiernan las calles de la Capital Federal y alrededores, son la forma más barata de moverse de un lado a otro y van y vienen a cualquier parte y a todas partes del centro y el conurbano. Pero solo hay un pequeño detalle: quienes los conducen, los colectiveros, son seres especiales; un poco como entre humanos y extraterrestres. Si vamos a la práctica, cómo tomar un colectivo en Buenos Aires es otra historia, tan buena para un libro como cualquier otra. Una vez que tienes clara tu ruta, ‘nada más’ tienes que encontrar la parada de colectivo más cercana, lo que puede ser un verdadero desafío ya que no tienden a estar muy bien marcadas en la calle. Encontrarlas es una cuestión de suerte, intuición y conocimiento callejero combinados, algo así como una habilidad cósmicamente accidental con la que nacemos los porteños. Todo esto algunas veces puede dejar al visitante extranjero algo confundido y con la sensación de que todos los mecanismos de esta ciudad están accionados por el azar, de que en Buenos Aires no hay reglas particulares para absolutamente nada y de que es posible que la palabra ‘previsibilidad’ no exista en el idioma español (pero existe, amigos, existe). Lo sabemos. Pedimos disculpas. No estamos trabajando para solucionar el inconveniente y probablemente nunca lo haremos.

 

Si logras atravesar revueltas feministas, manifestantes en contra de la prohibición legal de la marihuana, coloridas marchas del Orgullo gay y otras manifestaciones aleatorias por cualquier razón que estemos de humor para exponer en la vía pública, Buenos Aires te recompensará la vista con la hermosa arquitectura de barrios como Palermo, Recoleta, Retiro, San Telmo o La Boca, cada uno con su personalidad y ambiente particulares. Sólo tienes que mirar hacia arriba para participar del mundo de detalles y relieves art nouveau, neoclásicos y barrocos suspendido en lo alto de los antiguos edificios reciclados. Todo suena muy poético -excepto por las manifestaciones y protestas- pero no te olvides de que estás en una de las capitales más ruidosas de Sudamérica, con bares abiertos toda la noche durante los fines de semana, gente saliendo a cenar después de las 10 de la noche y discotecas llenando el ambiente con música que llega a la calle ya ensordecida y enredada en un murmullo interminable. Los amantes de las letras, la literatura y la quietud no se sentirán fuera de lugar sin embargo: una gran parte del encanto de Buenos Aires vive en las librerías de segunda mano de las calles Córdoba y Corrientes, pequeños y polvosos galpones como portales a otros mundos. Todo tipo de libros -literatura latinoamericana mezclada con ensayos filosóficos y cursis novelas románticas- descansan sobre estantes de madera a punto de colapsar mientras los clientes, más que nada estudiantes de Filosofía y Letras, pasean por los pasillos oscuros y angostos entregándose al placer de oler viejos volúmenes de la obra de Jean Paul Sartre.   
Es una tarde de jueves y camino por la calle Reconquista hacia Retiro, la principal estación ferroviaria de Microcentro. El sol de las 6 de la tarde le da a la escena un tono rosado y onírico a una zona que por lo demás es fría, corporativa. Éstas últimas cuadras antes de que Reconquista se encuentre con la concurrida avenida Leandro N. Alem se sienten algo diferentes de todo lo demás alrededor, como si la atmósfera repentinamente cambiara en el curso de unas pocas cuadras. Aquí la calle se angosta, hay más árboles a lo largo de las aceras, más negocios y restaurantes, y a la distancia se puede ver la Torre Monumental, una torre de estilo paladiano construida en conmemoración del centenario de la Revolución de Mayo y un monumento muy vinculado a nuestra relación tumultuosa con Inglaterra. Me subo al tren y al llegar camino a mi casa pensando en cómo odio Buenos Aires a veces, cómo la amo otras, y cómo la extraño cuando estoy lejos. La odio por ser tan descaradamente caótica. La amo por mostrarse siempre tal cual es, aún con sus múltiples defectos. No le cambiaría ni una sola cosa.

Para más información sobre las experiencias de Flor visita su blog, o clickea acá para leer el resto de sus artículos en The Coolidge Review.

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