Rusia hoy: ¿atacada por la nostalgia de un pasado glorioso?

Por Florcita Swartzman


El comunismo en Rusia ya es historia. Atrás quedaron las figuras de Lenin, Stalin, Khrushchov, Gorbachov y Brezhnev. O por lo menos eso creeríamos. Pero la verdad es que hay algo de su pasado que no quiere soltar a los rusos. Los rusos, esas fascinantes criaturas profundamente marcadas por los inviernos fríos y los errores políticos de sus gobernantes pasados y presentes. En el siglo XXI, en una era de globalización galopante durante la que Louis Vuitton intentó (fallando lastimosamente) hacerse un lugar junto a Lenin en la Plaza Roja, imaginaríamos que todos los ídolos del grandioso pasado Rojo estarían bien enterrados en el fondo de las mentes de los rusos para nunca jamás volver a emerger a la superficie. Pero como aprendí durante mi viaje de mes y medio desde Vladivostok hasta San Petersburgo, nada podría estar más lejos de la realidad.

Hay una estatua de Lenin en casi todas las ciudades y pueblos, especialmente en Siberia. Siempre va a haber por lo menos una que te recibirá en cualquier estación de tren a la que llegues: usualmente es la figura de Lenin con un brazo levantado en el aire en posición triunfante, señalando el camino hacia un futuro socialista lleno de bienestar que nunca va a llegar, con ese tono nostálgico que sólo el realismo soviético puede lograr. En la mayoría de las ciudades siberianas, las dos calles principales se llaman invariablemente ulitsa Karla Marxa y ulitsa Lenina. Otras calles secundarias pueden llevar los nombres de Gagarina, Komsomolskaya, Oktyabrskaya, Kommunisticheskaya y similares alias igualmente demagógicos.

Así que la verdad que no; los rusos no han olvidado su glorioso pasado militar. Al día de hoy algunas personas siguen llorando la muerte de Stalin, otros siguen llamando Biblioteka Lenina a la Biblioteca Nacional de Moscú (aunque el nombre fue oficialmente cambiado en 1992), Ekaterimburgo todavía se conoce como Sverdlovsk, y recientemente Vladimir Putin convirtió el Día de la Victoria, la fecha que conmemora la capitulación de la Alemania nazi ante la Unión Soviética en 1945, en su propio ritual y en el escenario desde donde declara al mundo la resurrección de Rusia como potencia militar. El Día de la Victoria es un evento de una carga emocional muy importante, y el Sr. Putin se asegura de no perderse ni una oportunidad de llegarle al pueblo como su amigo y salvador. El mensaje que busca enviar es, en cierta forma, que el Ejército Rojo todavía vive en los corazones de los rusos y que no existe circunstancia económica o geopolítica que los pueda disuadir de dar batalla. ¿Batalla a quién? Al enemigo sediento de poder de este lado de la Cortina de Hierro. Al mundo imperialista occidental. Al mundo.

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Pero las consecuencias de no enterrar a tiempo esos mecanismos de defensa obsoletos tarde o temprano llegan. La gente rusa ha aprendido a vivir con conceptos e ideas muy fuertes, incluso bárbaros a veces, sobre el significado del ejército y la disciplina. En plena luz del siglo XXI, los chicos de 18 años terminan sus períodos obligatorios de servicio militar hablando como autómatas sobre defender el país a cualquier costo y sobre “patria o muerte”: cosas que en la práctica les son completamente extrañas. Exactamente como si el pasado estuviera contando cuentos de batallas y honor a través de sus bocas. Y este sistema de creencias inoculado, como hemos visto con la reciente anexión rusa de Crimea, es extremadamente funcional a los intereses territoriales del gobierno.

La Unión Soviética hizo un trabajo excepcional canalizando las emociones de las masas con el fin de que los rusos estuvieran siempre listos para pelear contra el invasor cualquiera fuese la forma en que éste pudiera presentarse. Paradójicamente, ni siquiera los chicos de la era post-soviética se salvaron del adoctrinamiento. De esta forma nació una suerte de psicosis colectiva en relación a la defensa de las fronteras de la Patria que continúa, aunque con un poco menos de intensidad, hasta el día de hoy. Putin lo sabe y, por supuesto, pone a trabajar para su beneficio la añoranza que la gente siente por ese pasado imperial. Incluso ha mecionado en varias oportunidades que la caída de la Unión Soviética fue un error, palabras que calan muy hondo especialmente en las generaciones de veteranos rusos que todavía ven en Stalin la figura de un padre protector. La insistencia de Vladimir Putin en ideas como la soberanía nacional, la fraternidad y la importancia de la independencia económica también es uno de sus trucos políticos para mantener a la gente distraída de la fuerte crisis económica que viene manteniendo a millones de rusos por debajo de la línea de pobreza desde nada menos que el colapso de la URSS.

También hay otros talentos que el Sr. Presidente exhibe para mostrarse al pueblo como un héroe y figura paternal. Las fotos que circulan por internet nos lo han mostrado en su lado más audaz y masculino: montando a caballo a través de la helada tundra siberiana, esquiando, pescando, cazando, venciendo ferozmente a un medallista de judo en su propio deporte, nadando sin delfines, nadando con delfines, domando tigres salvajes, jugando jóckey sobre hielo y casi cualquier otra actividad masculina que nos podamos imaginar. Esta estrategia le funciona; la necesita para mantener su popularidad en alza. Según estadísticas publicadas por el VtsIOM, el Centro Ruso de Investigación de la Opinión Pública, el índice de aprobación de la figura de Vladimir Putin fue del 86% nada más que en el año 2016. Su imagen seduce tanto a mujeres como hombres porque hace lo posible por ser visto como el ejemplo del hombre ruso valiente, implacable, incorruptible. Esto es lo que significa la hombría es la afirmación silenciosa que irradian esas fotos donde aparece con el torso desnudo, luchando con osos polares.

¿Podrá Rusia alguna vez liberarse del yugo de la política emocional, los personalismos y los regímenes autoritarios? No hay ningún signo social que indique que este será el caso en el futuro próximo, pero ya se pueden ver pequeñas chispas de resistencia encendiéndose entre las generaciones más jóvenes en contra de Putin y los movimientos corruptos que lo ayudaron a trepar a su actual posición de poder absoluto. Rusia está cansada de la corrupción, pero hace la vista gorda por falta de opciones más sanas, de mejor calidad. Está cansada de la violencia, pero la sigue alimentando. Los rusos están cansados, por encima de todo, de los dictadores sangrientos, pero siguen adorándolos en sus pedestales inalcanzables y otorgándoles facultades casi divinas. Antes de octubre de 1917, Lenin una vez dijo: “si dejamos el asunto librado al pueblo, no tendremos la revolución ni en mil años”. La verdad es que, en Rusia, es muy difícil para la gente hacerse escuchar porque la burocracia es todopoderosa e insalvable en una forma verdaderamente kafkiana. Sin embargo, puede que no todo esté perdido: es un momento difícil para estar vivo en la ex capital soviética del mundo pero hoy, en esta época digital de híperconexión, ese pueblo al que Lenin alguna vez miró por sobre su hombro tiene la capacidad -por primera vez luego de décadas de vivir en una pesadilla- de despertar, organizarse y rebelarse. Ahora es su turno de levantarse y pelear por su propia independencia.

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Para más información sobre las experiencias de Flor visita su blog, o clickea acá para leer el resto de sus artículos en The Coolidge Review.

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