Month: May 2017

De Turquía a Siria: derribando fronteras y prejuicios

Por Florcita Swartzman

Junio del 2011 nos encontró a mí y a mi pareja, dos escritores itinerantes en nuestros veintitantos, sumergiéndonos en las duras aguas de la realidad siria: el diablo reencarnado bajo la forma de un territorio mal delimitado, esa zona conflictiva y turbulenta a donde nuestras familias nos rogaron no ir; una porción de suelo donde, según la CNN, no menos que el apocalipsis se estaba por desatar. Eran los comienzos del levantamiento popular en contra de la dictadura de Bashar al-Assad, el oftalmólogo que sucedió a su padre que estuvo en el poder durante 30 años. El más alto puesto originalmente estaba destinado a Bassel al-Assad, el hermano de Bashar muerto en un accidente automovilístico en 1994. Su muerte dejó a Bashar, recién salido de la universidad de medicina, sin más opción que la de hacerse cargo del poder. Y lo hizo bien, tiranizando al país durante más de 15 años. En el 2011 el pueblo sirio se rebeló contra la dictadura, la fuerte situación de desempleo y las crecientes corrupción e inequidad de derechos, todo lo cual fue a desembocar en la guerra civil que continúa hasta el momento en que escribo estas líneas.

Lo hablamos cerca de un millón de veces a medida que nos acercábamos a Medio Oriente: queríamos verlo todo con nuestros propios ojos, pero no estábamos realmente seguros de lo que nos encontraríamos ahí. En ese momento estábamos en Moscú y no podíamos seguir retrasando el planeamiento del resto de nuestro viaje por más tiempo. Mientras tanto, los medios de comunicación occidentales estaban haciendo un buen trabajo en comenzar a implantar el miedo en nuestras mentes. Decidimos que queríamos visitar Aleppo y Damasco, cruzando hacia Siria desde la frontera turca-kurda. También queríamos visitar Hama y Homs, pero pronto abandonamos la idea. Sabíamos que teníamos que ignorar las tragedias pronosticadas por los medios masivos, especialmente porque nunca estuvimos ciegos ante la fascinación que tienen por demonizar al Medio Oriente y todo lo que allí sucede. Tomamos aire y supimos que iba a pasar: lo íbamos a hacer.

Nuestro último día en Turquía comenzó en Şanliurfa, una pequeña ciudad muy antigua con miles de años de historia -fue parte del viejo imperio de Macedonia antes de convertirse en una provincia romana, y ya estaba habitada desde hacía muchísimos años antes- muy cerca de Gaziantep. Tomamos un bus a la otogar principal de Şanliurfa y desde ahí un dolmuş nos llevó a Akçacale, la última ciudad turca antes de la frontera con Siria. Camino al sur vimos el mítico río Éufrates y dejamos atrás muchos pueblitos pequeños, polvosos y coloridos. Luego de algunas horas finalmente llegamos: del otro lado de la frontera estaba Tel Abyad, Siria. En Akçacale nos bajamos del dolmuş, (unas mini-vans que son el medio de transporte más común entre ciudades y pueblos del interior de Turquía) y fuimos hacia el control fronterizo. El oficial turco nos saludó amablemente y se veía emocionado de ver pasaportes argentinos por lo que creemos que seguramente fue la primera vez en su vida. Claro que no teníamos respuestas precisas a todas sus preguntas sobre Maradona y Messi, pero hicimos lo que pudimos mientras nos sellaba los pasaportes con la partida del país. Salir de Turquía fue pan comido, pero entrar a Siria no sería tan sencillo.

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Nos acercamos al control fronterizo sirio e inmediatamente fuimos frenados por dos oficiales que salían de una cabinita en una esquina. Por el aspecto de este puesto de frontera no esperábamos que nadie hablase inglés, pero nos equivocamos. Uno de ellos señaló nuestras mochilas y nos indicó que las abriéramos arriba de una mesa usada para inspección de equipaje. Un cuadro enorme de Bashar al-Assad colgaba del techo y en ese momento me di cuenta de que era demasiado tarde para decidir que ya no tenía ganas de cruzar a Siria. Pero no había nada más que hacer: ya estábamos ahí.

Empezaron a revisar nuestras mochilas mientras nos hacían algunas preguntas acerca de las razones de nuestro viaje, y nos dimos cuenta de que estaban buscando algún tipo de dispositivo electrónico. Como era obvio, con poco esfuerzo encontraron nuestra laptop. Nos hicieron encenderla y empezaron a abrir documentos y programas al azar, como no entendiendo bien el funcionamiento de la máquina. Se tomaron su tiempo con nuestras fotos de Venecia y París, seguro más por curiosidad que por chequeo de seguridad. Nos dijeron que no podíamos entrar a Siria con ella. Lo sentían genuinamente, pero no podíamos pasar con la laptop. ¿Qué pasaba si éramos periodistas encubiertos? ¿Qué tal si estábamos ahí para agitar los ánimos de la gente todavía más, mostrándoles seductoras fotos de nuestra jovial vida en Occidente? ¿Y qué si traíamos palabras de libertad para desparramar por el país? No perdimos la compostura, y les explicamos amablemente que íbamos a esperar el tiempo que fuese necesario hasta que la situación se resolviera; volver a Turquía no era una opción y teníamos todo el día por delante para esperar resultados positivos. Qué hubiese pasado si llegaba la noche y todavía no teníamos una respuesta favorable era un esenario en el que no queríamos pensar demasiado. Continuamos hablando en términos amistosos con los oficiales, que ahora se veían preocupados y deseosos de ayudar (después de todo, la hospitalidad musulmana también corría por sus venas), especialmente luego de que los nombres de Messi y Maradona salieran a relucir. En Medio Oriente aman las ligas de fútbol sudamericanas. También nos enteramos de que a los sirios les gusta tomar mate, la bebida nacional de países como Argentina, Uruguay y Chile. Nos sorprendimos de verlos tomándolo en la frontera, y ellos se sorprendieron aún más cuando les explicamos la forma correcta de prepararlo (lo que estaban tomando parecía una mezcla de agua sobrecalentada con yerba torpemente volcada en unos vasitos de vidrio completamente misteriosos para cualquier persona criada en la cultura del mate).

Luego de largas horas de oficiales y autoridades desconocidas yendo y vieniendo a una oficinita en el piso superior entre ocasionales miradas de preocupación dirigidas a nosotros, nos hicieron saber que estaba todo bien y que podíamos cruzar la frontera con nuestra laptop, no sin antes estamparnos un gran sello en los pasaportes aclarando toda la situación en árabe, en caso de que la policía nos revisara durante nuestra estadía. Pasamos el control de frontera y a la vera de la ruta desértica Tel Abyad se sentía casi posnuclear. Una bandera siria raída y polvorienta flameaba en lo alto de un edificio sin terminar. Al canto débil del adhan sonando desde un minarete distante, algunos hombres por acá y allá acomodaron sus alfombritas en el suelo para rezar en dirección a la Meca mientras esperaban el bus hacia la capital. La voz quejumbrosa del imam perforaba el aire mudo de aquella ciudad desierta que parecía jamás haber estado habitada. Una destartalada mini-van con destino a una pequeña ciudad entre Tel Abyad y Aleppo se paró en la improvisada terminal de buses a levantar a algunos pasajeros, y nosotros nos subimos entre beduinos y algunas mujeres con sus hijos. Habíamos creído que el viaje a Aleppo sería corto y directo, pero pronto entendimos que una vez que estás en Siria, lo mejor que puedes hacer es olvidarte de tus planes e ir con la corriente.

Continuará…

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From Turkey to Syria: A Border Crossing From Perception to Reality

By Florcita Swartzman

June of 2011 found my partner and me, two itinerant writers in our mid-twenties, plunging into the harsh waters of Syria’s hellish reality. We went straight into that conflicted, shaky area of the world where our worried families begged us not to go: a portion of soil in which, according to CNN, nothing less than the Apocalypse was about to break loose. It was the prelude to the country’s uprising against the dictatorship of Bashar al-Assad, the ophthalmologist who succeeded his father who had been Syria’s ruler for almost 30 years. The spotlight was originally meant for Bassel al-Assad, Bashar’s brother politician who died in a car accident in 1994. His death left Bashar, just out of Medical school, with no other option than to take his place and it turned out he did pretty well at tyrannizing the country for more than 15 years. In 2011 the Syrian people rebelled through demonstrations against the dictatorship, the heavy unemployment situation, the rapidly increasing corruption, and inequality of rights, all of which ended up in the civil war that is still happening as I write these lines.

We talked it through about a million times as we approached closer and closer to the Middle East. We wanted to see it all with our own eyes but we weren’t really sure of what we might encounter there. We were in Moscow at that time and couldn’t delay the planning of the rest of our trip any longer. In the meantime, the Western media was doing a great job at planting fear into our minds. We decided that we would visit Aleppo and Damascus crossing down to Syria from the Turkish-Kurdish border. We also wanted to see Hama and Homs; however, we soon dropped the idea. We knew we had to ignore the tragedies predicted by the mass media, especially as we have never been blind to the fascination it has for demonizing the Middle East and every event happening there. We took a deep breath in the knowledge of what was to come: we were going to do this.

Our last day in Turkey started in Şanliurfa, a tiny, pretty old town with thousands of years of history very close to Gaziantep.It was part of the ancient kingdom of Macedonia before becoming a Roman province, although it had been inhabited long before that. We took a bus to the main otogar of Şanliurfa and from there a dolmuş took us to Akçacale, the last Turkish city before the frontier with Syria. On our way south we saw the mythical Euphrates river and passed by lots of small, dusty, colorful noisy villages. After a couple of hours we were there: at the other side of the border we could see Tel Abyad, Syria. At Akçacale we made our way down from the dolmuş, the rickety mini-vans that work as the main means of transportation around small cities of inner Turkey, and we headed for the border control. The Turkish officer greeted us merrily and was visibly thrilled to see Argentinian passports for what, we think, might have surely been the first time in his life. Of course we didn’t have precise answers for all the questions he asked about Messi and Maradona, but we tried our best as he stamped our departure from the country. Exiting Turkey was a piece of cake, but entering Syria would prove to be not as simple.

We got closer to the Syrian border control and were immediately stopped by two officers who came out of a small booth in a corner. By the look of this border post we were not expecting anyone to speak English, but they did. One of them pointed to our backpacks and instructed us to open them over a table used for baggage inspection. A huge picture of Bashar al-Assad hanged from the ceiling and in that moment I realised it was too late to decide I wasn’t comfortable with the idea of crossing into Syria anymore. But there was nothing I could do about it; I was already there.

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They started looking into our backpacks while they asked a few questions about the reasons for our trip, and we could tell they were looking for some sort of electronic device. Of course they quickly found our laptop. They made us start it up and proceeded to clumsily open random files and programmes obviously lacking any deep understanding of how this machine worked. They took their time on our photos of Paris and Venice, probably more out of curiosity than security. They said we couldn’t enter Syria with the laptop and that they were genuinely sorry, but they just couldn’t: what if we were undercover journalists? What if we were there to stir the social unrest even further, showing people seductive pictures of our joyful life in the West? What if we brought words of freedom to spread around? We didn’t lose our temper, and kindly explained that we would wait all day if necessary for a suitable solution to the situation; we were not going back to Turkey and had all afternoon ahead to talk the problem through. What were we to do if by the evening we had not had a positive answer? This was a scenario we didn’t want to think too much about. We went on to make small talk with the officers, who now looked concerned about us and determined to help (after all, world-famous Muslim hospitality ran through their veins too), especially after Messi and Maradona were named, they love South American football leagues in the Middle East. We also learned that Syrians like to drink yerba mate tea, the national drink of countries such as Argentina, Uruguay and Chile. We were surprised to see them drinking it at the border, and they were even more surprised when we explained to them the correct way to prepare it (they appeared to be drinking a mess of over-heated water and yerba clumsily poured on some small vodka-like glasses, a method mysterious to anyone raised on the traditional culture of mate).

After long hours of officers and unknown authorities coming back and forth from an office upstairs and occasionally looking at us with worried faces, we were told that everything was alright and that we could cross the border with our laptop, but not before we received a big stamp in our passports that clarified the situation in Arabic just in case we were checked by the police during our stay in Damascus. We passed the border control and along the desert-like road, the small town of Tel Abyad looked almost post-nuclear. A ragged, dirty Syrian flag fluttered on the top of an unfinished building. At the faint sound of the adhan call to prayer being sung from a distant minaret, some men here and there placed their mats on the floor to pray towards Mecca while they waited for the bus to the capital. The crying voice of the imam pierced through the dead quiet air of this dusty, deserted town that seemed to never have been inhabited. A shabby minivan bound for another small city between Tel Abyad and Aleppo stopped at the improvised bus terminal to pick a few passengers up and we got on along with some Bedouins and women with their children. We had thought that the trip to Aleppo would be short and straightforward, but we soon learned that once you get to Syria, the best thing you can do is forget about your plans and just go with the flow.

To be continued….

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Tales of the Balkans: Macedonia and A Fantasy of Cultural Appropriation

By Florcita Swartzman


“So, what do you think about Macedonia?” my host in Skopje asks me. Mitre is a retired man who, as we talk over mint tea by the pool in the back garden, shows me the collection of books he’s written over the years: books about hotel management, based on Western capitalist marketing models. In the time of Tito’s Yugoslavia, writing this type of work was a jailable offense. My answer to his question is naive, as I have not yet been completely confused by the frail -and sometimes contradictory- sense of cultural belonging with which Macedonians seem to struggle so much. I tell him that Macedonia feels like a laid back country where people look like they have no worries, living in this recently independent nation beneath the notice of many other well-established countries. My already fragmented point of view may have been slightly biased by all the parties and open air festivals taking place in Ohrid during the summer I was there; yet, underneath all that colorful excitement, a true and complete existential crisis was shaking the very foundation of Macedonian identity.

The conflict between Greece and the Republic of Macedonia over the latter’s name is one of the oldest cultural disputes in the modern world. However, it is nothing new to the rest of their neighbors in the Balkan Peninsula, who roll their eyes in exasperation every time the argument comes up. Same old song and dance. In fact, Macedonia is only the colloquial and technically incorrect alias by which we refer to the Former Yugoslav Republic of Macedonia (FYROM), the name that the European Community agreed to provisionally adopt in order to pour oil on Greece’s troubled waters. And with the millions of euros that the current Macedonian government has spent over the last few years fabricating an awkward “Greek Muse” costume for Skopje, it is only natural to ask whether the Macedonian people are beginning to buy this fairy tale that is being constructed around their roots.

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The first thing that came to my mind while surveying the center of Skopje was that the architects of this “Extreme Makeover: Cultural Appropriation Edition” went a little overboard with the whole statue theme. There are far too many statues for one city, especially one so small. Every last bit of the town center is garishly decorated in the same manner: in the space of one block, there are three different bridges over the Vardar river. The main bridge, as well as the narrow street that leads to the entrance of the Archeological Museum of Macedonia, has been decorated with the statues of every conceivable artist and saint “born in Macedonia”. Or in what Macedonians think Macedonia is, which is not the same as what Greeks think Macedonia is. But we’ll get to that later. Regarding this shrine of Macedonian personalities, the riverside guides its visitors through the Walk of Heroes that the whole of Skopje’s downtown seems to be, to Macedonia Square. Here, towering majestically over the city, is the colossal statue, the crown of the city, the King of kitsch: the figure of Alexander the Great on his horse Bucephalus upon a 24-metre high pedestal, surrounded by soldiers in a defensive position and by golden lions spitting water, encircled by dancing waters timed with rhythmic lights. There is no room whatsoever for ambiguity here: this is everything Macedonia could hope for in the self-image she wants to convey to the world. But the red, paint-bombed lion testicles and the graffitied walls of the public buildings tell another story: apparently, not everyone in Skopje is thrilled with the city’s new look.

In April of 2016, fed-up Macedonians stood up against the government: the monumental plastic surgery that the capital had undergone in 2014 -consisting of more than 40 monuments, façades and new buildings- had cost the people over €560 million that could have been better spent investing in public services, which are in desperate need of improvement. The uprising, called the Colorful Revolution, left a good portion of Skopje’s fake-old architecture and the Disneyland-like statues brightly paint bombed and vibrant. Among the “Macedonian personalities” all about the city center, new heroes are now immortalized -not in stone, but in plastic and metal- the figures of the Bulgarian saints Kyrill and Methodii, the Tsar Samuil (also Bulgarian), the ethnically Albanian Mother Theresa, the Serbian Tsar Dusan, the Albanian military commander Skanderbeg, and various Bulgarian writers.

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But what about Greece, and why is this called the Macedonian-Greek conflict? The only Macedonia that Greece recognizes as legitimate is the territory comprised by East, Central and West Macedonia, three historical provinces located in the Greek north. Thousands of years before becoming who they are today, the Macedonians comprised one of the many Indo-European tribes that migrated from Asia Minor to the Balkan Peninsula, where they eventually consolidated as an empire. Their origin was not Hellenistic, but they spoke Greek, worshipped Greek gods and acquired the same general culture as the Greeks. Under Philip II, the father of Alexander the Great, they conquered Greece and kept it under Macedonian rule, until the Romans annexed it as a part of their territory by the name of “The Roman Republic of Macedonia.” Between this time and the independence of modern Greece, which occurred less than 200 years ago, various waves of invasions took place: not only from the Turk Ottoman Empire, but also from the medieval Slavic tribes that were seeking to expand their area of influence beyond the Kievan Rus. At this point, Macedonians ceased to be “that historical Greek-related tribe of ancient Mediterranean warriors,” to become a nation assimilated into and culturally absorbed by the Eastern Slavic world. The Slavic ancestry of Macedonia is unmistakable, and today the customs, language and folklore of this country are strongly tied to the Eastern European sphere. This is why the modern Macedonian demand to be recognized as the descendants of the historical Macedonia makes no more sense than modern Uzbeks claiming to be the children of Alexander the Great.

The Republic of Macedonia is a fine parallel to the dos and don’ts of a fancy cocktail party: do not overdo it on makeup. Do not arrive wearing the same clothes as the host through a fear of going unnoticed. Do not embark in a philosophical quarrel with the oldest, wisest person at the party (who could turn out to be the host as well). But most importantly, Do resist the urge to decorate at home with flashy symbols like the Vergina Sun, or the tantalizing name snitched from a warrior on his horse partying on the roof. I repeat: do not attempt to take these items home. Surely there is a good reason why History did not place them there in the first place.

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Cuentos de los Balcanes: Macedonia y una fantasía de apropiación cultural

Por Florcita Swartzman


“Y entonces, ¿qué piensas acerca de Macedonia?” me pregunta Mitre, mi anfitrión en Skopje; un señor retirado que, mientras charlamos tomando té de menta en la piscina del jardín trasero, me muestra una colección de los libros que escribió sobre hotel management bajo los modelos de márketing occidentales. Si alguien te descubría escribiendo sobre estos temas, podías ir preso durante los tiempos de Tito. Mi respuesta a su pregunta es ingenua porque todavía no me siento completamente confundida por lo frágil y a veces hasta contradictorio de la identidad cultural de los macedonios. Le digo que Macedonia me parece un país tranquilo y donde se ve que la gente no tiene grandes preocupaciones, siendo una nación recientemente independizada cuyo nombre suena a enigma para el resto del mundo fuera de Europa del Este, demasiado remoto como para siquiera molestarse. Puede haber sido que mi punto de vista estuviese levemente influenciado por todos los festivales y fiestas al aire libre que estaban sucediendo durante el verano que pasé en Ohrid y que en la realidad, debajo de toda esa diversión colorida, una verdadera crisis existencial estuviera sacudiendo las bases de la identidad macedonia hasta los huesos.

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El conflicto entre Grecia y la República de Macedonia sobre el nombre de esta última es una de las disputas culturales más antiguas del mundo moderno. En verdad, nada nuevo para el resto de sus vecinos en la Península Balcánica, que revolean los ojos exasperados cada vez que la discusión sale a relucir. Lo mismo de siempre. De hecho, Macedonia es sólo el nombre coloquial e incorrecto bajo el que conocemos a la constitucionalmente llamada Antigua República Yugoslava de Macedonia (ARYM), el nombre que la comunidad europea ha adoptado provisionalmente con el fin de calmar los ánimos inflamados de Grecia. Y con el gobierno habiendo gastado millones de euros en el disfraz de musa griega que Skopje está obligada a usar desde hace algunos años, no sería descabellado preguntarnos si los macedonios no estarán verdaderamente comenzando a creerse el cuento de hadas que se construyó en torno a sus raíces.

Lo primero que me vino a la mente cuando caminé por primera vez por el centro de Skopje fue que los arquitectos de este Extreme Makeover: Especial Apropiación Cultural fueron demasiado lejos con el tema de las estatuas. De verdad: son demasiadas estatuas para una sola ciudad, y para el caso una ciudad muy pequeña. Cada parte del centro es igualmente exagerada. Hay tres puentes distintos para cruzar el río Vardar en el espacio de una cuadra: el principal, junto con el angosto bulevar que lleva a la entrada del Museo Arqueológico de Macedonia, está decorado con las estatuas de todo posible artista y santo “nacido en Macedonia”. O en lo que los macedonios creen que es Macedonia, que no es lo mismo que lo que los griegos creen que es Macedonia. Pero ya vamos a llegar a eso. Volviendo al altar de las personalidades macedonias, y para coronar el Paseo de los Héroes que parece ser el centro de Skopje, la costanera desemboca en la Plaza Macedonia donde la gigantesca estatua se erige majestuosamente sobre la ciudad, la reina de las estatuas, el paroxismo de lo kitsch: la figura de Alejandro Magno montando su caballo sobre un pedestal de 24 metros de altura, rodeado por soldados en posición de defensa y leones dorados que escupen agua, todo cercado por un juego de aguas danzantes moviéndose al son de luces rítmicas en el piso. No queda ningún lugar a dudas: esto es todo lo que Macedonia sueña para su propia autopercepción. Pero los testículos pintados de rojo de los leones y los muros grafiteados de los edificios públicos cuentan otra historia: aparentemente, no todo el mundo en Skopje está conforme con el nuevo look de la ciudad.

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En abril de 2016, los macedonios se hartaron y se levantaron en contra del gobierno: la monumental cirugía plástica que atravesó Skopje en el año 2014 le costó a la gente más de 560 millones de euros que podrían haber sido mucho mejor empleados en los servicios públicos cuya calidad Macedonia está terriblemente necesitada de mejorar. El levantamiento, llamado la Revolución Colorida, dejó a una gran parte de Skopje pintada de colores brillantes y vibrantes; especialmente a los falsos antiguos edificios y a las estatuas que más parecen estar aptas para decorar un parque de diversiones. Entre las “personalidades macedonias” que se pueden encontrar en toda la ciudad están inmortalizadas -no en piedra, sino más bien en plástico y metal- las figuras de los santos búlgaros Cirilo y Metodio, el Zar Samuil (también búlgaro), la étnicamente albanesa Madre Teresa, el Zar Dusan (serbio), el comandante militar y héroe albanés Skanderbeg y varios escritores búlgaros.

¿Pero qué pasa con Grecia, y por qué lo llamamos el conflicto Greco-macedonio? Bueno, porque la única Macedonia que Grecia reconoce como legítima es la que comprende el territorio de Macedonia Este, Central y Oeste, tres provincias localizadas en el norte griego. Miles de años antes de convertirse en quienes son hoy, los macedonios eran una de las tantas tribus indoeuropeas que bajaron del Asia Menor para establecerse en la zona de los Balcanes, donde consolidaron su imperio. Su origen no era helénico pero hablaban griego, adoraban a los dioses griegos y compartían la misma cultura que los griegos de su tiempo. Su imperio fue tan poderoso que llegaron a conquistar Grecia y mantenerla bajo dominio macedonio hasta que los romanos la anexaron como parte de su territorio bajo el nombre de República Romana de Macedonia. Entre este momento y la independencia moderna de Grecia hace menos de 200 años varias olas de invasiones sucedieron; no solamente por parte de los otomanos sino también de las tribus eslavas que estaban buscando expandir su área de influencia desde el Rus de Kiev. Justo en esta parte de la Historia es cuando los macedonios dejan de ser esa tribu mítica de antiguos guerreros mediterráneos en estrecha relación con el mundo helénico para convertirse en una nación asimilada y culturalmente absorbida por la esfera eslava del este europeo. La herencia eslava de Macedonia hoy es inconfundible y las costumbres, la lengua y el folclore de este país están fuertemente atados a Europa del Este. Es por esto que la demanda de la moderna República de Macedonia de ser reconocida como descendiente de la Macedonia histórica tiene tan poco sentido como un reclamo que surgiera de los uzbekos exigiendo ser considerados como hijos de Alejandro Magno.

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La República de Macedonia es el mejor ejemplo de todo lo que no se debería hacer en una fiesta elegante: no exageres con el maquillaje. No llegues a dicha fiesta usando la misma ropa que el anfitrión solo porque tienes miedo de que de lo contrario nadie te note. No te embarques en una discusión filosófica con la persona más vieja y más sabia de la fiesta (que podría resultar también ser el anfitrión). Y lo más importante de todo; debes resistir el deseo de decorar tu casa con cualquier símbolo brillante como el sol de Vergina o algún nombre llamativo de un guerrero a caballo que puedas encontrar dando vueltas en la fiesta. Repito: no intentes llevarte estos objetos a tu casa. Debe haber una buena razón por la que la Historia no los puso en tus manos en primer lugar.

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