Cuentos de los Balcanes: Macedonia y una fantasía de apropiación cultural

Por Florcita Swartzman


“Y entonces, ¿qué piensas acerca de Macedonia?” me pregunta Mitre, mi anfitrión en Skopje; un señor retirado que, mientras charlamos tomando té de menta en la piscina del jardín trasero, me muestra una colección de los libros que escribió sobre hotel management bajo los modelos de márketing occidentales. Si alguien te descubría escribiendo sobre estos temas, podías ir preso durante los tiempos de Tito. Mi respuesta a su pregunta es ingenua porque todavía no me siento completamente confundida por lo frágil y a veces hasta contradictorio de la identidad cultural de los macedonios. Le digo que Macedonia me parece un país tranquilo y donde se ve que la gente no tiene grandes preocupaciones, siendo una nación recientemente independizada cuyo nombre suena a enigma para el resto del mundo fuera de Europa del Este, demasiado remoto como para siquiera molestarse. Puede haber sido que mi punto de vista estuviese levemente influenciado por todos los festivales y fiestas al aire libre que estaban sucediendo durante el verano que pasé en Ohrid y que en la realidad, debajo de toda esa diversión colorida, una verdadera crisis existencial estuviera sacudiendo las bases de la identidad macedonia hasta los huesos.

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El conflicto entre Grecia y la República de Macedonia sobre el nombre de esta última es una de las disputas culturales más antiguas del mundo moderno. En verdad, nada nuevo para el resto de sus vecinos en la Península Balcánica, que revolean los ojos exasperados cada vez que la discusión sale a relucir. Lo mismo de siempre. De hecho, Macedonia es sólo el nombre coloquial e incorrecto bajo el que conocemos a la constitucionalmente llamada Antigua República Yugoslava de Macedonia (ARYM), el nombre que la comunidad europea ha adoptado provisionalmente con el fin de calmar los ánimos inflamados de Grecia. Y con el gobierno habiendo gastado millones de euros en el disfraz de musa griega que Skopje está obligada a usar desde hace algunos años, no sería descabellado preguntarnos si los macedonios no estarán verdaderamente comenzando a creerse el cuento de hadas que se construyó en torno a sus raíces.

Lo primero que me vino a la mente cuando caminé por primera vez por el centro de Skopje fue que los arquitectos de este Extreme Makeover: Especial Apropiación Cultural fueron demasiado lejos con el tema de las estatuas. De verdad: son demasiadas estatuas para una sola ciudad, y para el caso una ciudad muy pequeña. Cada parte del centro es igualmente exagerada. Hay tres puentes distintos para cruzar el río Vardar en el espacio de una cuadra: el principal, junto con el angosto bulevar que lleva a la entrada del Museo Arqueológico de Macedonia, está decorado con las estatuas de todo posible artista y santo “nacido en Macedonia”. O en lo que los macedonios creen que es Macedonia, que no es lo mismo que lo que los griegos creen que es Macedonia. Pero ya vamos a llegar a eso. Volviendo al altar de las personalidades macedonias, y para coronar el Paseo de los Héroes que parece ser el centro de Skopje, la costanera desemboca en la Plaza Macedonia donde la gigantesca estatua se erige majestuosamente sobre la ciudad, la reina de las estatuas, el paroxismo de lo kitsch: la figura de Alejandro Magno montando su caballo sobre un pedestal de 24 metros de altura, rodeado por soldados en posición de defensa y leones dorados que escupen agua, todo cercado por un juego de aguas danzantes moviéndose al son de luces rítmicas en el piso. No queda ningún lugar a dudas: esto es todo lo que Macedonia sueña para su propia autopercepción. Pero los testículos pintados de rojo de los leones y los muros grafiteados de los edificios públicos cuentan otra historia: aparentemente, no todo el mundo en Skopje está conforme con el nuevo look de la ciudad.

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En abril de 2016, los macedonios se hartaron y se levantaron en contra del gobierno: la monumental cirugía plástica que atravesó Skopje en el año 2014 le costó a la gente más de 560 millones de euros que podrían haber sido mucho mejor empleados en los servicios públicos cuya calidad Macedonia está terriblemente necesitada de mejorar. El levantamiento, llamado la Revolución Colorida, dejó a una gran parte de Skopje pintada de colores brillantes y vibrantes; especialmente a los falsos antiguos edificios y a las estatuas que más parecen estar aptas para decorar un parque de diversiones. Entre las “personalidades macedonias” que se pueden encontrar en toda la ciudad están inmortalizadas -no en piedra, sino más bien en plástico y metal- las figuras de los santos búlgaros Cirilo y Metodio, el Zar Samuil (también búlgaro), la étnicamente albanesa Madre Teresa, el Zar Dusan (serbio), el comandante militar y héroe albanés Skanderbeg y varios escritores búlgaros.

¿Pero qué pasa con Grecia, y por qué lo llamamos el conflicto Greco-macedonio? Bueno, porque la única Macedonia que Grecia reconoce como legítima es la que comprende el territorio de Macedonia Este, Central y Oeste, tres provincias localizadas en el norte griego. Miles de años antes de convertirse en quienes son hoy, los macedonios eran una de las tantas tribus indoeuropeas que bajaron del Asia Menor para establecerse en la zona de los Balcanes, donde consolidaron su imperio. Su origen no era helénico pero hablaban griego, adoraban a los dioses griegos y compartían la misma cultura que los griegos de su tiempo. Su imperio fue tan poderoso que llegaron a conquistar Grecia y mantenerla bajo dominio macedonio hasta que los romanos la anexaron como parte de su territorio bajo el nombre de República Romana de Macedonia. Entre este momento y la independencia moderna de Grecia hace menos de 200 años varias olas de invasiones sucedieron; no solamente por parte de los otomanos sino también de las tribus eslavas que estaban buscando expandir su área de influencia desde el Rus de Kiev. Justo en esta parte de la Historia es cuando los macedonios dejan de ser esa tribu mítica de antiguos guerreros mediterráneos en estrecha relación con el mundo helénico para convertirse en una nación asimilada y culturalmente absorbida por la esfera eslava del este europeo. La herencia eslava de Macedonia hoy es inconfundible y las costumbres, la lengua y el folclore de este país están fuertemente atados a Europa del Este. Es por esto que la demanda de la moderna República de Macedonia de ser reconocida como descendiente de la Macedonia histórica tiene tan poco sentido como un reclamo que surgiera de los uzbekos exigiendo ser considerados como hijos de Alejandro Magno.

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La República de Macedonia es el mejor ejemplo de todo lo que no se debería hacer en una fiesta elegante: no exageres con el maquillaje. No llegues a dicha fiesta usando la misma ropa que el anfitrión solo porque tienes miedo de que de lo contrario nadie te note. No te embarques en una discusión filosófica con la persona más vieja y más sabia de la fiesta (que podría resultar también ser el anfitrión). Y lo más importante de todo; debes resistir el deseo de decorar tu casa con cualquier símbolo brillante como el sol de Vergina o algún nombre llamativo de un guerrero a caballo que puedas encontrar dando vueltas en la fiesta. Repito: no intentes llevarte estos objetos a tu casa. Debe haber una buena razón por la que la Historia no los puso en tus manos en primer lugar.

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Para más información sobre las experiencias de Flor visita su blog, o clickea acá para leer el resto de sus artículos en The Coolidge Review.

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