De Turquía a Siria: derribando fronteras y prejuicios

Por Florcita Swartzman

Junio del 2011 nos encontró a mí y a mi pareja, dos escritores itinerantes en nuestros veintitantos, sumergiéndonos en las duras aguas de la realidad siria: el diablo reencarnado bajo la forma de un territorio mal delimitado, esa zona conflictiva y turbulenta a donde nuestras familias nos rogaron no ir; una porción de suelo donde, según la CNN, no menos que el apocalipsis se estaba por desatar. Eran los comienzos del levantamiento popular en contra de la dictadura de Bashar al-Assad, el oftalmólogo que sucedió a su padre que estuvo en el poder durante 30 años. El más alto puesto originalmente estaba destinado a Bassel al-Assad, el hermano de Bashar muerto en un accidente automovilístico en 1994. Su muerte dejó a Bashar, recién salido de la universidad de medicina, sin más opción que la de hacerse cargo del poder. Y lo hizo bien, tiranizando al país durante más de 15 años. En el 2011 el pueblo sirio se rebeló contra la dictadura, la fuerte situación de desempleo y las crecientes corrupción e inequidad de derechos, todo lo cual fue a desembocar en la guerra civil que continúa hasta el momento en que escribo estas líneas.

Lo hablamos cerca de un millón de veces a medida que nos acercábamos a Medio Oriente: queríamos verlo todo con nuestros propios ojos, pero no estábamos realmente seguros de lo que nos encontraríamos ahí. En ese momento estábamos en Moscú y no podíamos seguir retrasando el planeamiento del resto de nuestro viaje por más tiempo. Mientras tanto, los medios de comunicación occidentales estaban haciendo un buen trabajo en comenzar a implantar el miedo en nuestras mentes. Decidimos que queríamos visitar Aleppo y Damasco, cruzando hacia Siria desde la frontera turca-kurda. También queríamos visitar Hama y Homs, pero pronto abandonamos la idea. Sabíamos que teníamos que ignorar las tragedias pronosticadas por los medios masivos, especialmente porque nunca estuvimos ciegos ante la fascinación que tienen por demonizar al Medio Oriente y todo lo que allí sucede. Tomamos aire y supimos que iba a pasar: lo íbamos a hacer.

Nuestro último día en Turquía comenzó en Şanliurfa, una pequeña ciudad muy antigua con miles de años de historia -fue parte del viejo imperio de Macedonia antes de convertirse en una provincia romana, y ya estaba habitada desde hacía muchísimos años antes- muy cerca de Gaziantep. Tomamos un bus a la otogar principal de Şanliurfa y desde ahí un dolmuş nos llevó a Akçacale, la última ciudad turca antes de la frontera con Siria. Camino al sur vimos el mítico río Éufrates y dejamos atrás muchos pueblitos pequeños, polvosos y coloridos. Luego de algunas horas finalmente llegamos: del otro lado de la frontera estaba Tel Abyad, Siria. En Akçacale nos bajamos del dolmuş, (unas mini-vans que son el medio de transporte más común entre ciudades y pueblos del interior de Turquía) y fuimos hacia el control fronterizo. El oficial turco nos saludó amablemente y se veía emocionado de ver pasaportes argentinos por lo que creemos que seguramente fue la primera vez en su vida. Claro que no teníamos respuestas precisas a todas sus preguntas sobre Maradona y Messi, pero hicimos lo que pudimos mientras nos sellaba los pasaportes con la partida del país. Salir de Turquía fue pan comido, pero entrar a Siria no sería tan sencillo.

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Nos acercamos al control fronterizo sirio e inmediatamente fuimos frenados por dos oficiales que salían de una cabinita en una esquina. Por el aspecto de este puesto de frontera no esperábamos que nadie hablase inglés, pero nos equivocamos. Uno de ellos señaló nuestras mochilas y nos indicó que las abriéramos arriba de una mesa usada para inspección de equipaje. Un cuadro enorme de Bashar al-Assad colgaba del techo y en ese momento me di cuenta de que era demasiado tarde para decidir que ya no tenía ganas de cruzar a Siria. Pero no había nada más que hacer: ya estábamos ahí.

Empezaron a revisar nuestras mochilas mientras nos hacían algunas preguntas acerca de las razones de nuestro viaje, y nos dimos cuenta de que estaban buscando algún tipo de dispositivo electrónico. Como era obvio, con poco esfuerzo encontraron nuestra laptop. Nos hicieron encenderla y empezaron a abrir documentos y programas al azar, como no entendiendo bien el funcionamiento de la máquina. Se tomaron su tiempo con nuestras fotos de Venecia y París, seguro más por curiosidad que por chequeo de seguridad. Nos dijeron que no podíamos entrar a Siria con ella. Lo sentían genuinamente, pero no podíamos pasar con la laptop. ¿Qué pasaba si éramos periodistas encubiertos? ¿Qué tal si estábamos ahí para agitar los ánimos de la gente todavía más, mostrándoles seductoras fotos de nuestra jovial vida en Occidente? ¿Y qué si traíamos palabras de libertad para desparramar por el país? No perdimos la compostura, y les explicamos amablemente que íbamos a esperar el tiempo que fuese necesario hasta que la situación se resolviera; volver a Turquía no era una opción y teníamos todo el día por delante para esperar resultados positivos. Qué hubiese pasado si llegaba la noche y todavía no teníamos una respuesta favorable era un esenario en el que no queríamos pensar demasiado. Continuamos hablando en términos amistosos con los oficiales, que ahora se veían preocupados y deseosos de ayudar (después de todo, la hospitalidad musulmana también corría por sus venas), especialmente luego de que los nombres de Messi y Maradona salieran a relucir. En Medio Oriente aman las ligas de fútbol sudamericanas. También nos enteramos de que a los sirios les gusta tomar mate, la bebida nacional de países como Argentina, Uruguay y Chile. Nos sorprendimos de verlos tomándolo en la frontera, y ellos se sorprendieron aún más cuando les explicamos la forma correcta de prepararlo (lo que estaban tomando parecía una mezcla de agua sobrecalentada con yerba torpemente volcada en unos vasitos de vidrio completamente misteriosos para cualquier persona criada en la cultura del mate).

Luego de largas horas de oficiales y autoridades desconocidas yendo y vieniendo a una oficinita en el piso superior entre ocasionales miradas de preocupación dirigidas a nosotros, nos hicieron saber que estaba todo bien y que podíamos cruzar la frontera con nuestra laptop, no sin antes estamparnos un gran sello en los pasaportes aclarando toda la situación en árabe, en caso de que la policía nos revisara durante nuestra estadía. Pasamos el control de frontera y a la vera de la ruta desértica Tel Abyad se sentía casi posnuclear. Una bandera siria raída y polvorienta flameaba en lo alto de un edificio sin terminar. Al canto débil del adhan sonando desde un minarete distante, algunos hombres por acá y allá acomodaron sus alfombritas en el suelo para rezar en dirección a la Meca mientras esperaban el bus hacia la capital. La voz quejumbrosa del imam perforaba el aire mudo de aquella ciudad desierta que parecía jamás haber estado habitada. Una destartalada mini-van con destino a una pequeña ciudad entre Tel Abyad y Aleppo se paró en la improvisada terminal de buses a levantar a algunos pasajeros, y nosotros nos subimos entre beduinos y algunas mujeres con sus hijos. Habíamos creído que el viaje a Aleppo sería corto y directo, pero pronto entendimos que una vez que estás en Siria, lo mejor que puedes hacer es olvidarte de tus planes e ir con la corriente.

Continuará…

Para más información sobre las experiencias de Flor visita su blog, o clickea acá para leer el resto de sus artículos en The Coolidge Review.

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