Category: Felices Años Locos

De Turquía a Siria: derribando fronteras y prejuicios

Por Florcita Swartzman

Junio del 2011 nos encontró a mí y a mi pareja, dos escritores itinerantes en nuestros veintitantos, sumergiéndonos en las duras aguas de la realidad siria: el diablo reencarnado bajo la forma de un territorio mal delimitado, esa zona conflictiva y turbulenta a donde nuestras familias nos rogaron no ir; una porción de suelo donde, según la CNN, no menos que el apocalipsis se estaba por desatar. Eran los comienzos del levantamiento popular en contra de la dictadura de Bashar al-Assad, el oftalmólogo que sucedió a su padre que estuvo en el poder durante 30 años. El más alto puesto originalmente estaba destinado a Bassel al-Assad, el hermano de Bashar muerto en un accidente automovilístico en 1994. Su muerte dejó a Bashar, recién salido de la universidad de medicina, sin más opción que la de hacerse cargo del poder. Y lo hizo bien, tiranizando al país durante más de 15 años. En el 2011 el pueblo sirio se rebeló contra la dictadura, la fuerte situación de desempleo y las crecientes corrupción e inequidad de derechos, todo lo cual fue a desembocar en la guerra civil que continúa hasta el momento en que escribo estas líneas.

Lo hablamos cerca de un millón de veces a medida que nos acercábamos a Medio Oriente: queríamos verlo todo con nuestros propios ojos, pero no estábamos realmente seguros de lo que nos encontraríamos ahí. En ese momento estábamos en Moscú y no podíamos seguir retrasando el planeamiento del resto de nuestro viaje por más tiempo. Mientras tanto, los medios de comunicación occidentales estaban haciendo un buen trabajo en comenzar a implantar el miedo en nuestras mentes. Decidimos que queríamos visitar Aleppo y Damasco, cruzando hacia Siria desde la frontera turca-kurda. También queríamos visitar Hama y Homs, pero pronto abandonamos la idea. Sabíamos que teníamos que ignorar las tragedias pronosticadas por los medios masivos, especialmente porque nunca estuvimos ciegos ante la fascinación que tienen por demonizar al Medio Oriente y todo lo que allí sucede. Tomamos aire y supimos que iba a pasar: lo íbamos a hacer.

Nuestro último día en Turquía comenzó en Şanliurfa, una pequeña ciudad muy antigua con miles de años de historia -fue parte del viejo imperio de Macedonia antes de convertirse en una provincia romana, y ya estaba habitada desde hacía muchísimos años antes- muy cerca de Gaziantep. Tomamos un bus a la otogar principal de Şanliurfa y desde ahí un dolmuş nos llevó a Akçacale, la última ciudad turca antes de la frontera con Siria. Camino al sur vimos el mítico río Éufrates y dejamos atrás muchos pueblitos pequeños, polvosos y coloridos. Luego de algunas horas finalmente llegamos: del otro lado de la frontera estaba Tel Abyad, Siria. En Akçacale nos bajamos del dolmuş, (unas mini-vans que son el medio de transporte más común entre ciudades y pueblos del interior de Turquía) y fuimos hacia el control fronterizo. El oficial turco nos saludó amablemente y se veía emocionado de ver pasaportes argentinos por lo que creemos que seguramente fue la primera vez en su vida. Claro que no teníamos respuestas precisas a todas sus preguntas sobre Maradona y Messi, pero hicimos lo que pudimos mientras nos sellaba los pasaportes con la partida del país. Salir de Turquía fue pan comido, pero entrar a Siria no sería tan sencillo.

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Nos acercamos al control fronterizo sirio e inmediatamente fuimos frenados por dos oficiales que salían de una cabinita en una esquina. Por el aspecto de este puesto de frontera no esperábamos que nadie hablase inglés, pero nos equivocamos. Uno de ellos señaló nuestras mochilas y nos indicó que las abriéramos arriba de una mesa usada para inspección de equipaje. Un cuadro enorme de Bashar al-Assad colgaba del techo y en ese momento me di cuenta de que era demasiado tarde para decidir que ya no tenía ganas de cruzar a Siria. Pero no había nada más que hacer: ya estábamos ahí.

Empezaron a revisar nuestras mochilas mientras nos hacían algunas preguntas acerca de las razones de nuestro viaje, y nos dimos cuenta de que estaban buscando algún tipo de dispositivo electrónico. Como era obvio, con poco esfuerzo encontraron nuestra laptop. Nos hicieron encenderla y empezaron a abrir documentos y programas al azar, como no entendiendo bien el funcionamiento de la máquina. Se tomaron su tiempo con nuestras fotos de Venecia y París, seguro más por curiosidad que por chequeo de seguridad. Nos dijeron que no podíamos entrar a Siria con ella. Lo sentían genuinamente, pero no podíamos pasar con la laptop. ¿Qué pasaba si éramos periodistas encubiertos? ¿Qué tal si estábamos ahí para agitar los ánimos de la gente todavía más, mostrándoles seductoras fotos de nuestra jovial vida en Occidente? ¿Y qué si traíamos palabras de libertad para desparramar por el país? No perdimos la compostura, y les explicamos amablemente que íbamos a esperar el tiempo que fuese necesario hasta que la situación se resolviera; volver a Turquía no era una opción y teníamos todo el día por delante para esperar resultados positivos. Qué hubiese pasado si llegaba la noche y todavía no teníamos una respuesta favorable era un esenario en el que no queríamos pensar demasiado. Continuamos hablando en términos amistosos con los oficiales, que ahora se veían preocupados y deseosos de ayudar (después de todo, la hospitalidad musulmana también corría por sus venas), especialmente luego de que los nombres de Messi y Maradona salieran a relucir. En Medio Oriente aman las ligas de fútbol sudamericanas. También nos enteramos de que a los sirios les gusta tomar mate, la bebida nacional de países como Argentina, Uruguay y Chile. Nos sorprendimos de verlos tomándolo en la frontera, y ellos se sorprendieron aún más cuando les explicamos la forma correcta de prepararlo (lo que estaban tomando parecía una mezcla de agua sobrecalentada con yerba torpemente volcada en unos vasitos de vidrio completamente misteriosos para cualquier persona criada en la cultura del mate).

Luego de largas horas de oficiales y autoridades desconocidas yendo y vieniendo a una oficinita en el piso superior entre ocasionales miradas de preocupación dirigidas a nosotros, nos hicieron saber que estaba todo bien y que podíamos cruzar la frontera con nuestra laptop, no sin antes estamparnos un gran sello en los pasaportes aclarando toda la situación en árabe, en caso de que la policía nos revisara durante nuestra estadía. Pasamos el control de frontera y a la vera de la ruta desértica Tel Abyad se sentía casi posnuclear. Una bandera siria raída y polvorienta flameaba en lo alto de un edificio sin terminar. Al canto débil del adhan sonando desde un minarete distante, algunos hombres por acá y allá acomodaron sus alfombritas en el suelo para rezar en dirección a la Meca mientras esperaban el bus hacia la capital. La voz quejumbrosa del imam perforaba el aire mudo de aquella ciudad desierta que parecía jamás haber estado habitada. Una destartalada mini-van con destino a una pequeña ciudad entre Tel Abyad y Aleppo se paró en la improvisada terminal de buses a levantar a algunos pasajeros, y nosotros nos subimos entre beduinos y algunas mujeres con sus hijos. Habíamos creído que el viaje a Aleppo sería corto y directo, pero pronto entendimos que una vez que estás en Siria, lo mejor que puedes hacer es olvidarte de tus planes e ir con la corriente.

Continuará…

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Cuentos de los Balcanes: Macedonia y una fantasía de apropiación cultural

Por Florcita Swartzman


“Y entonces, ¿qué piensas acerca de Macedonia?” me pregunta Mitre, mi anfitrión en Skopje; un señor retirado que, mientras charlamos tomando té de menta en la piscina del jardín trasero, me muestra una colección de los libros que escribió sobre hotel management bajo los modelos de márketing occidentales. Si alguien te descubría escribiendo sobre estos temas, podías ir preso durante los tiempos de Tito. Mi respuesta a su pregunta es ingenua porque todavía no me siento completamente confundida por lo frágil y a veces hasta contradictorio de la identidad cultural de los macedonios. Le digo que Macedonia me parece un país tranquilo y donde se ve que la gente no tiene grandes preocupaciones, siendo una nación recientemente independizada cuyo nombre suena a enigma para el resto del mundo fuera de Europa del Este, demasiado remoto como para siquiera molestarse. Puede haber sido que mi punto de vista estuviese levemente influenciado por todos los festivales y fiestas al aire libre que estaban sucediendo durante el verano que pasé en Ohrid y que en la realidad, debajo de toda esa diversión colorida, una verdadera crisis existencial estuviera sacudiendo las bases de la identidad macedonia hasta los huesos.

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El conflicto entre Grecia y la República de Macedonia sobre el nombre de esta última es una de las disputas culturales más antiguas del mundo moderno. En verdad, nada nuevo para el resto de sus vecinos en la Península Balcánica, que revolean los ojos exasperados cada vez que la discusión sale a relucir. Lo mismo de siempre. De hecho, Macedonia es sólo el nombre coloquial e incorrecto bajo el que conocemos a la constitucionalmente llamada Antigua República Yugoslava de Macedonia (ARYM), el nombre que la comunidad europea ha adoptado provisionalmente con el fin de calmar los ánimos inflamados de Grecia. Y con el gobierno habiendo gastado millones de euros en el disfraz de musa griega que Skopje está obligada a usar desde hace algunos años, no sería descabellado preguntarnos si los macedonios no estarán verdaderamente comenzando a creerse el cuento de hadas que se construyó en torno a sus raíces.

Lo primero que me vino a la mente cuando caminé por primera vez por el centro de Skopje fue que los arquitectos de este Extreme Makeover: Especial Apropiación Cultural fueron demasiado lejos con el tema de las estatuas. De verdad: son demasiadas estatuas para una sola ciudad, y para el caso una ciudad muy pequeña. Cada parte del centro es igualmente exagerada. Hay tres puentes distintos para cruzar el río Vardar en el espacio de una cuadra: el principal, junto con el angosto bulevar que lleva a la entrada del Museo Arqueológico de Macedonia, está decorado con las estatuas de todo posible artista y santo “nacido en Macedonia”. O en lo que los macedonios creen que es Macedonia, que no es lo mismo que lo que los griegos creen que es Macedonia. Pero ya vamos a llegar a eso. Volviendo al altar de las personalidades macedonias, y para coronar el Paseo de los Héroes que parece ser el centro de Skopje, la costanera desemboca en la Plaza Macedonia donde la gigantesca estatua se erige majestuosamente sobre la ciudad, la reina de las estatuas, el paroxismo de lo kitsch: la figura de Alejandro Magno montando su caballo sobre un pedestal de 24 metros de altura, rodeado por soldados en posición de defensa y leones dorados que escupen agua, todo cercado por un juego de aguas danzantes moviéndose al son de luces rítmicas en el piso. No queda ningún lugar a dudas: esto es todo lo que Macedonia sueña para su propia autopercepción. Pero los testículos pintados de rojo de los leones y los muros grafiteados de los edificios públicos cuentan otra historia: aparentemente, no todo el mundo en Skopje está conforme con el nuevo look de la ciudad.

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En abril de 2016, los macedonios se hartaron y se levantaron en contra del gobierno: la monumental cirugía plástica que atravesó Skopje en el año 2014 le costó a la gente más de 560 millones de euros que podrían haber sido mucho mejor empleados en los servicios públicos cuya calidad Macedonia está terriblemente necesitada de mejorar. El levantamiento, llamado la Revolución Colorida, dejó a una gran parte de Skopje pintada de colores brillantes y vibrantes; especialmente a los falsos antiguos edificios y a las estatuas que más parecen estar aptas para decorar un parque de diversiones. Entre las “personalidades macedonias” que se pueden encontrar en toda la ciudad están inmortalizadas -no en piedra, sino más bien en plástico y metal- las figuras de los santos búlgaros Cirilo y Metodio, el Zar Samuil (también búlgaro), la étnicamente albanesa Madre Teresa, el Zar Dusan (serbio), el comandante militar y héroe albanés Skanderbeg y varios escritores búlgaros.

¿Pero qué pasa con Grecia, y por qué lo llamamos el conflicto Greco-macedonio? Bueno, porque la única Macedonia que Grecia reconoce como legítima es la que comprende el territorio de Macedonia Este, Central y Oeste, tres provincias localizadas en el norte griego. Miles de años antes de convertirse en quienes son hoy, los macedonios eran una de las tantas tribus indoeuropeas que bajaron del Asia Menor para establecerse en la zona de los Balcanes, donde consolidaron su imperio. Su origen no era helénico pero hablaban griego, adoraban a los dioses griegos y compartían la misma cultura que los griegos de su tiempo. Su imperio fue tan poderoso que llegaron a conquistar Grecia y mantenerla bajo dominio macedonio hasta que los romanos la anexaron como parte de su territorio bajo el nombre de República Romana de Macedonia. Entre este momento y la independencia moderna de Grecia hace menos de 200 años varias olas de invasiones sucedieron; no solamente por parte de los otomanos sino también de las tribus eslavas que estaban buscando expandir su área de influencia desde el Rus de Kiev. Justo en esta parte de la Historia es cuando los macedonios dejan de ser esa tribu mítica de antiguos guerreros mediterráneos en estrecha relación con el mundo helénico para convertirse en una nación asimilada y culturalmente absorbida por la esfera eslava del este europeo. La herencia eslava de Macedonia hoy es inconfundible y las costumbres, la lengua y el folclore de este país están fuertemente atados a Europa del Este. Es por esto que la demanda de la moderna República de Macedonia de ser reconocida como descendiente de la Macedonia histórica tiene tan poco sentido como un reclamo que surgiera de los uzbekos exigiendo ser considerados como hijos de Alejandro Magno.

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La República de Macedonia es el mejor ejemplo de todo lo que no se debería hacer en una fiesta elegante: no exageres con el maquillaje. No llegues a dicha fiesta usando la misma ropa que el anfitrión solo porque tienes miedo de que de lo contrario nadie te note. No te embarques en una discusión filosófica con la persona más vieja y más sabia de la fiesta (que podría resultar también ser el anfitrión). Y lo más importante de todo; debes resistir el deseo de decorar tu casa con cualquier símbolo brillante como el sol de Vergina o algún nombre llamativo de un guerrero a caballo que puedas encontrar dando vueltas en la fiesta. Repito: no intentes llevarte estos objetos a tu casa. Debe haber una buena razón por la que la Historia no los puso en tus manos en primer lugar.

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Rusia hoy: ¿atacada por la nostalgia de un pasado glorioso?

Por Florcita Swartzman


El comunismo en Rusia ya es historia. Atrás quedaron las figuras de Lenin, Stalin, Khrushchov, Gorbachov y Brezhnev. O por lo menos eso creeríamos. Pero la verdad es que hay algo de su pasado que no quiere soltar a los rusos. Los rusos, esas fascinantes criaturas profundamente marcadas por los inviernos fríos y los errores políticos de sus gobernantes pasados y presentes. En el siglo XXI, en una era de globalización galopante durante la que Louis Vuitton intentó (fallando lastimosamente) hacerse un lugar junto a Lenin en la Plaza Roja, imaginaríamos que todos los ídolos del grandioso pasado Rojo estarían bien enterrados en el fondo de las mentes de los rusos para nunca jamás volver a emerger a la superficie. Pero como aprendí durante mi viaje de mes y medio desde Vladivostok hasta San Petersburgo, nada podría estar más lejos de la realidad.

Hay una estatua de Lenin en casi todas las ciudades y pueblos, especialmente en Siberia. Siempre va a haber por lo menos una que te recibirá en cualquier estación de tren a la que llegues: usualmente es la figura de Lenin con un brazo levantado en el aire en posición triunfante, señalando el camino hacia un futuro socialista lleno de bienestar que nunca va a llegar, con ese tono nostálgico que sólo el realismo soviético puede lograr. En la mayoría de las ciudades siberianas, las dos calles principales se llaman invariablemente ulitsa Karla Marxa y ulitsa Lenina. Otras calles secundarias pueden llevar los nombres de Gagarina, Komsomolskaya, Oktyabrskaya, Kommunisticheskaya y similares alias igualmente demagógicos.

Así que la verdad que no; los rusos no han olvidado su glorioso pasado militar. Al día de hoy algunas personas siguen llorando la muerte de Stalin, otros siguen llamando Biblioteka Lenina a la Biblioteca Nacional de Moscú (aunque el nombre fue oficialmente cambiado en 1992), Ekaterimburgo todavía se conoce como Sverdlovsk, y recientemente Vladimir Putin convirtió el Día de la Victoria, la fecha que conmemora la capitulación de la Alemania nazi ante la Unión Soviética en 1945, en su propio ritual y en el escenario desde donde declara al mundo la resurrección de Rusia como potencia militar. El Día de la Victoria es un evento de una carga emocional muy importante, y el Sr. Putin se asegura de no perderse ni una oportunidad de llegarle al pueblo como su amigo y salvador. El mensaje que busca enviar es, en cierta forma, que el Ejército Rojo todavía vive en los corazones de los rusos y que no existe circunstancia económica o geopolítica que los pueda disuadir de dar batalla. ¿Batalla a quién? Al enemigo sediento de poder de este lado de la Cortina de Hierro. Al mundo imperialista occidental. Al mundo.

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Pero las consecuencias de no enterrar a tiempo esos mecanismos de defensa obsoletos tarde o temprano llegan. La gente rusa ha aprendido a vivir con conceptos e ideas muy fuertes, incluso bárbaros a veces, sobre el significado del ejército y la disciplina. En plena luz del siglo XXI, los chicos de 18 años terminan sus períodos obligatorios de servicio militar hablando como autómatas sobre defender el país a cualquier costo y sobre “patria o muerte”: cosas que en la práctica les son completamente extrañas. Exactamente como si el pasado estuviera contando cuentos de batallas y honor a través de sus bocas. Y este sistema de creencias inoculado, como hemos visto con la reciente anexión rusa de Crimea, es extremadamente funcional a los intereses territoriales del gobierno.

La Unión Soviética hizo un trabajo excepcional canalizando las emociones de las masas con el fin de que los rusos estuvieran siempre listos para pelear contra el invasor cualquiera fuese la forma en que éste pudiera presentarse. Paradójicamente, ni siquiera los chicos de la era post-soviética se salvaron del adoctrinamiento. De esta forma nació una suerte de psicosis colectiva en relación a la defensa de las fronteras de la Patria que continúa, aunque con un poco menos de intensidad, hasta el día de hoy. Putin lo sabe y, por supuesto, pone a trabajar para su beneficio la añoranza que la gente siente por ese pasado imperial. Incluso ha mecionado en varias oportunidades que la caída de la Unión Soviética fue un error, palabras que calan muy hondo especialmente en las generaciones de veteranos rusos que todavía ven en Stalin la figura de un padre protector. La insistencia de Vladimir Putin en ideas como la soberanía nacional, la fraternidad y la importancia de la independencia económica también es uno de sus trucos políticos para mantener a la gente distraída de la fuerte crisis económica que viene manteniendo a millones de rusos por debajo de la línea de pobreza desde nada menos que el colapso de la URSS.

También hay otros talentos que el Sr. Presidente exhibe para mostrarse al pueblo como un héroe y figura paternal. Las fotos que circulan por internet nos lo han mostrado en su lado más audaz y masculino: montando a caballo a través de la helada tundra siberiana, esquiando, pescando, cazando, venciendo ferozmente a un medallista de judo en su propio deporte, nadando sin delfines, nadando con delfines, domando tigres salvajes, jugando jóckey sobre hielo y casi cualquier otra actividad masculina que nos podamos imaginar. Esta estrategia le funciona; la necesita para mantener su popularidad en alza. Según estadísticas publicadas por el VtsIOM, el Centro Ruso de Investigación de la Opinión Pública, el índice de aprobación de la figura de Vladimir Putin fue del 86% nada más que en el año 2016. Su imagen seduce tanto a mujeres como hombres porque hace lo posible por ser visto como el ejemplo del hombre ruso valiente, implacable, incorruptible. Esto es lo que significa la hombría es la afirmación silenciosa que irradian esas fotos donde aparece con el torso desnudo, luchando con osos polares.

¿Podrá Rusia alguna vez liberarse del yugo de la política emocional, los personalismos y los regímenes autoritarios? No hay ningún signo social que indique que este será el caso en el futuro próximo, pero ya se pueden ver pequeñas chispas de resistencia encendiéndose entre las generaciones más jóvenes en contra de Putin y los movimientos corruptos que lo ayudaron a trepar a su actual posición de poder absoluto. Rusia está cansada de la corrupción, pero hace la vista gorda por falta de opciones más sanas, de mejor calidad. Está cansada de la violencia, pero la sigue alimentando. Los rusos están cansados, por encima de todo, de los dictadores sangrientos, pero siguen adorándolos en sus pedestales inalcanzables y otorgándoles facultades casi divinas. Antes de octubre de 1917, Lenin una vez dijo: “si dejamos el asunto librado al pueblo, no tendremos la revolución ni en mil años”. La verdad es que, en Rusia, es muy difícil para la gente hacerse escuchar porque la burocracia es todopoderosa e insalvable en una forma verdaderamente kafkiana. Sin embargo, puede que no todo esté perdido: es un momento difícil para estar vivo en la ex capital soviética del mundo pero hoy, en esta época digital de híperconexión, ese pueblo al que Lenin alguna vez miró por sobre su hombro tiene la capacidad -por primera vez luego de décadas de vivir en una pesadilla- de despertar, organizarse y rebelarse. Ahora es su turno de levantarse y pelear por su propia independencia.

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Sobre Buenos Aires y Otros Sustantivos Irregulares

Por Florcita Swartzman

Aunque usted no lo crea, Buenos Aires no es exactamente lo que se diría una ciudad amable. Si usted vive en las afueras, en el conurbano bonaerense, tendrá que treparse a uno de esos trenes rojos o azules que traspasan los barrios y las horas lúcidas hasta llegar a Buenos Aires, la injusta hermana mayor que lo recibirá con una mirada llena de desconfianza y burla. Si usted vive en otra provincia, tal vez lo invada la leve sensación de que ella es el escenario en donde el resto del país está apenas invitado a actuar. Y en cualquier caso tendría razón: la capital a veces puede comportarse de forma muy tiránica con sus provincias vecinas; no es ninguna sorpresa que Juan Bautista Alberdi haya escrito que “Argentina salió del coloniaje de España solo para caer en el coloniaje de Buenos Aires”. Colonialismo interno, que le dicen.

 

Dicho esto, Buenos Aires no es tan cruel (aunque a veces lo pareciera). Estrictamente hablando, es una ciudad de contrastes y colores soleados. Excepto durante los días de lluvia, cuando se convierte en una metrópolis gris con baldosas que se lamentan por los desamores y la traición, como los antiguos tangueros, y en su dolor salpican con lágrimas lodosas los pies de los transeúntes. Tristes lágrimas porteñas. Pero hay otros momentos, como las tardes cálidas de verano, en que los jacarandás florecen cubriéndolo todo con sus pétalos violetas mientras que los porteños también florecen, a su manera sureña y humana: se sientan en las mesas afueras de los cafés a tomar un cortado y charlar durante horas sobre sueños, amor y las dificultades de la vida como lo han hecho desde el principio de los tiempos. O se juntan con amigos los domingos en un parque a tomar mate, esa bebida parecida al té que los extranjeros insisten en considerar como alucinógena. No lo es, créanme.

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Como el café, la cerveza y la pizza son todo un hit en Buenos Aires. Principalmente la pizza; uno de los más grandes legados de la inmigración italiana en Argentina (aunque la receta ha mutado tanto a lo largo del tiempo, que ahora nos quejamos de la vera pizza italiana cuando vamos a Nápoles porque no hay nada en el mundo como una buena pizza porteña). Pero la pizza no es el único tesoro cultural que Italia ha compartido con nosotros: bisabuelas capaces de cocinar spaghetti alla bolognesa para una legión romana entera, modismos del lunfardo como laburo, birra, testa, matina, fiaca, mufa or capo, los gestos exagerados que acompañan la charla estridente y nuestra actitud general frente a la vida son todos resultados directos de la llegada masiva de inmigrantes italianos pobres al puerto de Buenos Aires entre las décadas de 1850 y 1960.

 

Y claro que en Buenos Aires también están los buses: no puedes vivir con ellos, no puedes vivir sin ellos, pero tienes que entender de qué se tratan si quieres comenzar a ordenar las piezas de tu rompecabezas para interpretar esta ciudad. Los buses públicos -o colectivos como nosotros los llamamos- gobiernan las calles de la Capital Federal y alrededores, son la forma más barata de moverse de un lado a otro y van y vienen a cualquier parte y a todas partes del centro y el conurbano. Pero solo hay un pequeño detalle: quienes los conducen, los colectiveros, son seres especiales; un poco como entre humanos y extraterrestres. Si vamos a la práctica, cómo tomar un colectivo en Buenos Aires es otra historia, tan buena para un libro como cualquier otra. Una vez que tienes clara tu ruta, ‘nada más’ tienes que encontrar la parada de colectivo más cercana, lo que puede ser un verdadero desafío ya que no tienden a estar muy bien marcadas en la calle. Encontrarlas es una cuestión de suerte, intuición y conocimiento callejero combinados, algo así como una habilidad cósmicamente accidental con la que nacemos los porteños. Todo esto algunas veces puede dejar al visitante extranjero algo confundido y con la sensación de que todos los mecanismos de esta ciudad están accionados por el azar, de que en Buenos Aires no hay reglas particulares para absolutamente nada y de que es posible que la palabra ‘previsibilidad’ no exista en el idioma español (pero existe, amigos, existe). Lo sabemos. Pedimos disculpas. No estamos trabajando para solucionar el inconveniente y probablemente nunca lo haremos.

 

Si logras atravesar revueltas feministas, manifestantes en contra de la prohibición legal de la marihuana, coloridas marchas del Orgullo gay y otras manifestaciones aleatorias por cualquier razón que estemos de humor para exponer en la vía pública, Buenos Aires te recompensará la vista con la hermosa arquitectura de barrios como Palermo, Recoleta, Retiro, San Telmo o La Boca, cada uno con su personalidad y ambiente particulares. Sólo tienes que mirar hacia arriba para participar del mundo de detalles y relieves art nouveau, neoclásicos y barrocos suspendido en lo alto de los antiguos edificios reciclados. Todo suena muy poético -excepto por las manifestaciones y protestas- pero no te olvides de que estás en una de las capitales más ruidosas de Sudamérica, con bares abiertos toda la noche durante los fines de semana, gente saliendo a cenar después de las 10 de la noche y discotecas llenando el ambiente con música que llega a la calle ya ensordecida y enredada en un murmullo interminable. Los amantes de las letras, la literatura y la quietud no se sentirán fuera de lugar sin embargo: una gran parte del encanto de Buenos Aires vive en las librerías de segunda mano de las calles Córdoba y Corrientes, pequeños y polvosos galpones como portales a otros mundos. Todo tipo de libros -literatura latinoamericana mezclada con ensayos filosóficos y cursis novelas románticas- descansan sobre estantes de madera a punto de colapsar mientras los clientes, más que nada estudiantes de Filosofía y Letras, pasean por los pasillos oscuros y angostos entregándose al placer de oler viejos volúmenes de la obra de Jean Paul Sartre.   
Es una tarde de jueves y camino por la calle Reconquista hacia Retiro, la principal estación ferroviaria de Microcentro. El sol de las 6 de la tarde le da a la escena un tono rosado y onírico a una zona que por lo demás es fría, corporativa. Éstas últimas cuadras antes de que Reconquista se encuentre con la concurrida avenida Leandro N. Alem se sienten algo diferentes de todo lo demás alrededor, como si la atmósfera repentinamente cambiara en el curso de unas pocas cuadras. Aquí la calle se angosta, hay más árboles a lo largo de las aceras, más negocios y restaurantes, y a la distancia se puede ver la Torre Monumental, una torre de estilo paladiano construida en conmemoración del centenario de la Revolución de Mayo y un monumento muy vinculado a nuestra relación tumultuosa con Inglaterra. Me subo al tren y al llegar camino a mi casa pensando en cómo odio Buenos Aires a veces, cómo la amo otras, y cómo la extraño cuando estoy lejos. La odio por ser tan descaradamente caótica. La amo por mostrarse siempre tal cual es, aún con sus múltiples defectos. No le cambiaría ni una sola cosa.

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Un Mes En Kiribati (o La Anatomía Del Paraíso Primitivo)

por Florcita Swartzman

Las angostas callecitas de tierra que serpentean entre las aldeas de Tarawa Sur, la principal isla y capital de Kiribati, ofrecen una vista bastante particular: pequeñas chozas junto al mar construidas con hojas y palos de palmera, perros, gallinas y cerdos corriendo libremente y, por supuesto, los usuales grupitos de niños desnudos, riendo y gritando aquí y allá. Estos niños, nacidos en el paraíso tropical y criados en el eterno ahora, no tienen ningún problema al momento de señalar a un i-matang cuando lo ven. Pasas caminando entre ellos, el i-matang, el extraño blanco, y te siguen. No te dejan continuar caminando. Se acercan y te rodean, todo risas y grititos explotando como fuegos artificiales. Sí, te tocan. Toman tu mano, la miran curiosamente durante un rato, y la aprietan. Un apretón demasiado fuerte. ‘Eres real’ es lo que casi puedes escucharlos pensando. ‘¿Cómo puedes verte tan diferente a mí y sin embargo ser…tan similar?’ Seguro, la i-matang está desesperadamente necesitada de sol del Pacífico que broncee su pálida piel, pero puedes aprender una cosa de ella: venimos del mismo lugar.

Los mecanismos de la economía de mercado son relativamente recientes para los kiribatianos, cuya moneda oficial, además del dólar australiano -usado en la capital del país y felizmente ignorado en el resto del territorio- es el trueque. Ellos intercambian bienes por otros bienes y servicios, como pollos por ropa, pescado por ayuda para techar una nueva choza, arroz por tuba de coco, etcétera. Bajo todo punto de vista, una economía de subsistencia. Estamos frente a un país que el experto occidental, pobremente entrenado en el arte de la vida primitiva, llamaría ‘pobre’. ¿Qué es la pobreza, de todos modos, y cuáles son los parámetros que estamos utilizando para medirla? ¿Asociamos pobreza con una alta tasa de criminalidad? ¿Con el hambre? ¿Con la falta de seguridad económica? ¿Nos detenemos alguna vez a pensar que esos pobres podrían no sentirse pobres en absoluto? ¿Podrá ser que estemos, tal vez, ligeramente disparando la palabra pobreza sin una comprensión real de su significado?

Los kiribatianos no trabajan en el sentido en que nosotros lo hacemos. Ellos trabajan codo a codo con la naturaleza. Matan a sus animales para consumir la carne (a la antigua; sin industrias, dinero ni fábricas involucradas. Sólo ellos y su comida). Claro que no tienen horarios de trabajo, y sus funciones fisiológicas no están dictadas por ninguna convención externa, sino sincronizadas con sus relojes internos. Construyen sus casas con sus propias manos y comparten vida y risas con sus vecinos de aldea. ¿Quién necesita riquezas materiales cuando uno puede tomar, respetuosamente, todo lo que necesita de la naturaleza? Es evidente que los kiribatianos tampoco necesitan de ningún sistema de márketing publicitario que les diga cómo sentirse respecto de sus cuerpos ni sus elecciones personales. Nadie que nazca y se críe en una sociedad que inculca la autoaceptación tiene la necesidad de aprender el significado de palabras como envidia, vergüenza, resentimiento o avaricia. Nadie espera que seas alguien que no eres en una sociedad donde poco es suficiente.

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Después de las clases, los chicos generalmente se reúnen a jugar en grandes grupos. La edad no es un factor importante pero tienden a socializar más con sus compañeros de grado, ya que la aldea entera asiste a la misma escuela primaria. El género definitivamente tampoco es una limitación: en todas las aldeas se puede ver a las chicas jugando al fútbol, correteando descalzas y ensuciándose tanto o más que los chicos (¡el Pacífico no es el lugar indicado para venir a buscar princesitas delicadas!). Generalmente juegan también con piedras, palos y piezas de cualquier material descartado que puedan encontrar y convertir en nuevas creaciones y juguetes. Cuanto más te alejas de la capital, más raros se vuelven los dispositivos de entretenimiento como los televisores, las radios y los teléfonos. Sitiados por el sonido de risas infantiles, los adultos de la aldea tejen cortinas y alfombras de hojas de coco para sus chozas, hacen ejercicio, juegan -dependiendo del humor del día- al vóley o a juegos de mesa, van al agua a pescar y a nadar, trepan cocoteros para bajar la preciosa savia que después de destilada se beberá como tuba, y se reúnen a disfrutar de su mutua compañía. A veces los puedes ver sencillamente sentados, sin hacer nada, sin hablar. A veces las palabras no cuadran con ciertos momentos particulares.

En el atolón de Tarawa, la mayoría de las aldeas e islotes al norte de Tarawa Sur no tienen energía eléctrica: así que aprendes a despertarte con la salida del sol y el canto del gallo más cercano, vives tu día y te vas a la cama cuando los ojos se te cansan después de leer durante horas a la luz de la luna. La desintoxicación de nuestras distracciones diarias no es tarea fácil, pero al final te acostumbras tú también al silencio y a la contemplación, cuando te das cuenta de que los teléfonos móviles y las computadoras no tienen realmente lugar en una isla como ésta. Es casi como si fueran máquinas incoherentes, herramientas innecesarias de otro tiempo. Sin ellas te familiarizas más fácilmente con las fases de la luna, el comportamiento del clima, la forma en que la mente colectiva de los pájaros está siempre en sintonía con el cielo y otros, quizás más verdaderos, aspectos de nuestra realidad más inmediata como seres humanos.

‘Kiribati: para viajeros, no turistas’ es el eslogan de la Oficina de Turismo de Kiribati. Y detrás de esas palabras se esconde un manifiesto en cinco palabras, una advertencia e incluso hasta también una orgullosa declaración identitaria. En el mundo queda hoy solamente un puñado de paraísos primitivos, vírgenes, ajenos a los intereses de la esfera económica de Occidente, librados a su propia autodeterminación. Algunos otros no han sido tan afortunados a lo largo de nuestra Historia, pero son parte de ella también. No muchos exploradores tienen el coraje de aventurarse a las profundidades del corazón de este archipiélago, pero si te dejas tragar por él y luego regresas, como si hubieses atravesado el espejo para siempre, a una dimensión que ya no te pertenece, es seguro que volverás con un mensaje: no te olvides de tus raíces.

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