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De Turquía a Siria: derribando fronteras y prejuicios

Por Florcita Swartzman

Junio del 2011 nos encontró a mí y a mi pareja, dos escritores itinerantes en nuestros veintitantos, sumergiéndonos en las duras aguas de la realidad siria: el diablo reencarnado bajo la forma de un territorio mal delimitado, esa zona conflictiva y turbulenta a donde nuestras familias nos rogaron no ir; una porción de suelo donde, según la CNN, no menos que el apocalipsis se estaba por desatar. Eran los comienzos del levantamiento popular en contra de la dictadura de Bashar al-Assad, el oftalmólogo que sucedió a su padre que estuvo en el poder durante 30 años. El más alto puesto originalmente estaba destinado a Bassel al-Assad, el hermano de Bashar muerto en un accidente automovilístico en 1994. Su muerte dejó a Bashar, recién salido de la universidad de medicina, sin más opción que la de hacerse cargo del poder. Y lo hizo bien, tiranizando al país durante más de 15 años. En el 2011 el pueblo sirio se rebeló contra la dictadura, la fuerte situación de desempleo y las crecientes corrupción e inequidad de derechos, todo lo cual fue a desembocar en la guerra civil que continúa hasta el momento en que escribo estas líneas.

Lo hablamos cerca de un millón de veces a medida que nos acercábamos a Medio Oriente: queríamos verlo todo con nuestros propios ojos, pero no estábamos realmente seguros de lo que nos encontraríamos ahí. En ese momento estábamos en Moscú y no podíamos seguir retrasando el planeamiento del resto de nuestro viaje por más tiempo. Mientras tanto, los medios de comunicación occidentales estaban haciendo un buen trabajo en comenzar a implantar el miedo en nuestras mentes. Decidimos que queríamos visitar Aleppo y Damasco, cruzando hacia Siria desde la frontera turca-kurda. También queríamos visitar Hama y Homs, pero pronto abandonamos la idea. Sabíamos que teníamos que ignorar las tragedias pronosticadas por los medios masivos, especialmente porque nunca estuvimos ciegos ante la fascinación que tienen por demonizar al Medio Oriente y todo lo que allí sucede. Tomamos aire y supimos que iba a pasar: lo íbamos a hacer.

Nuestro último día en Turquía comenzó en Şanliurfa, una pequeña ciudad muy antigua con miles de años de historia -fue parte del viejo imperio de Macedonia antes de convertirse en una provincia romana, y ya estaba habitada desde hacía muchísimos años antes- muy cerca de Gaziantep. Tomamos un bus a la otogar principal de Şanliurfa y desde ahí un dolmuş nos llevó a Akçacale, la última ciudad turca antes de la frontera con Siria. Camino al sur vimos el mítico río Éufrates y dejamos atrás muchos pueblitos pequeños, polvosos y coloridos. Luego de algunas horas finalmente llegamos: del otro lado de la frontera estaba Tel Abyad, Siria. En Akçacale nos bajamos del dolmuş, (unas mini-vans que son el medio de transporte más común entre ciudades y pueblos del interior de Turquía) y fuimos hacia el control fronterizo. El oficial turco nos saludó amablemente y se veía emocionado de ver pasaportes argentinos por lo que creemos que seguramente fue la primera vez en su vida. Claro que no teníamos respuestas precisas a todas sus preguntas sobre Maradona y Messi, pero hicimos lo que pudimos mientras nos sellaba los pasaportes con la partida del país. Salir de Turquía fue pan comido, pero entrar a Siria no sería tan sencillo.

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Nos acercamos al control fronterizo sirio e inmediatamente fuimos frenados por dos oficiales que salían de una cabinita en una esquina. Por el aspecto de este puesto de frontera no esperábamos que nadie hablase inglés, pero nos equivocamos. Uno de ellos señaló nuestras mochilas y nos indicó que las abriéramos arriba de una mesa usada para inspección de equipaje. Un cuadro enorme de Bashar al-Assad colgaba del techo y en ese momento me di cuenta de que era demasiado tarde para decidir que ya no tenía ganas de cruzar a Siria. Pero no había nada más que hacer: ya estábamos ahí.

Empezaron a revisar nuestras mochilas mientras nos hacían algunas preguntas acerca de las razones de nuestro viaje, y nos dimos cuenta de que estaban buscando algún tipo de dispositivo electrónico. Como era obvio, con poco esfuerzo encontraron nuestra laptop. Nos hicieron encenderla y empezaron a abrir documentos y programas al azar, como no entendiendo bien el funcionamiento de la máquina. Se tomaron su tiempo con nuestras fotos de Venecia y París, seguro más por curiosidad que por chequeo de seguridad. Nos dijeron que no podíamos entrar a Siria con ella. Lo sentían genuinamente, pero no podíamos pasar con la laptop. ¿Qué pasaba si éramos periodistas encubiertos? ¿Qué tal si estábamos ahí para agitar los ánimos de la gente todavía más, mostrándoles seductoras fotos de nuestra jovial vida en Occidente? ¿Y qué si traíamos palabras de libertad para desparramar por el país? No perdimos la compostura, y les explicamos amablemente que íbamos a esperar el tiempo que fuese necesario hasta que la situación se resolviera; volver a Turquía no era una opción y teníamos todo el día por delante para esperar resultados positivos. Qué hubiese pasado si llegaba la noche y todavía no teníamos una respuesta favorable era un esenario en el que no queríamos pensar demasiado. Continuamos hablando en términos amistosos con los oficiales, que ahora se veían preocupados y deseosos de ayudar (después de todo, la hospitalidad musulmana también corría por sus venas), especialmente luego de que los nombres de Messi y Maradona salieran a relucir. En Medio Oriente aman las ligas de fútbol sudamericanas. También nos enteramos de que a los sirios les gusta tomar mate, la bebida nacional de países como Argentina, Uruguay y Chile. Nos sorprendimos de verlos tomándolo en la frontera, y ellos se sorprendieron aún más cuando les explicamos la forma correcta de prepararlo (lo que estaban tomando parecía una mezcla de agua sobrecalentada con yerba torpemente volcada en unos vasitos de vidrio completamente misteriosos para cualquier persona criada en la cultura del mate).

Luego de largas horas de oficiales y autoridades desconocidas yendo y vieniendo a una oficinita en el piso superior entre ocasionales miradas de preocupación dirigidas a nosotros, nos hicieron saber que estaba todo bien y que podíamos cruzar la frontera con nuestra laptop, no sin antes estamparnos un gran sello en los pasaportes aclarando toda la situación en árabe, en caso de que la policía nos revisara durante nuestra estadía. Pasamos el control de frontera y a la vera de la ruta desértica Tel Abyad se sentía casi posnuclear. Una bandera siria raída y polvorienta flameaba en lo alto de un edificio sin terminar. Al canto débil del adhan sonando desde un minarete distante, algunos hombres por acá y allá acomodaron sus alfombritas en el suelo para rezar en dirección a la Meca mientras esperaban el bus hacia la capital. La voz quejumbrosa del imam perforaba el aire mudo de aquella ciudad desierta que parecía jamás haber estado habitada. Una destartalada mini-van con destino a una pequeña ciudad entre Tel Abyad y Aleppo se paró en la improvisada terminal de buses a levantar a algunos pasajeros, y nosotros nos subimos entre beduinos y algunas mujeres con sus hijos. Habíamos creído que el viaje a Aleppo sería corto y directo, pero pronto entendimos que una vez que estás en Siria, lo mejor que puedes hacer es olvidarte de tus planes e ir con la corriente.

Continuará…

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From Turkey to Syria: A Border Crossing From Perception to Reality

By Florcita Swartzman

June of 2011 found my partner and me, two itinerant writers in our mid-twenties, plunging into the harsh waters of Syria’s hellish reality. We went straight into that conflicted, shaky area of the world where our worried families begged us not to go: a portion of soil in which, according to CNN, nothing less than the Apocalypse was about to break loose. It was the prelude to the country’s uprising against the dictatorship of Bashar al-Assad, the ophthalmologist who succeeded his father who had been Syria’s ruler for almost 30 years. The spotlight was originally meant for Bassel al-Assad, Bashar’s brother politician who died in a car accident in 1994. His death left Bashar, just out of Medical school, with no other option than to take his place and it turned out he did pretty well at tyrannizing the country for more than 15 years. In 2011 the Syrian people rebelled through demonstrations against the dictatorship, the heavy unemployment situation, the rapidly increasing corruption, and inequality of rights, all of which ended up in the civil war that is still happening as I write these lines.

We talked it through about a million times as we approached closer and closer to the Middle East. We wanted to see it all with our own eyes but we weren’t really sure of what we might encounter there. We were in Moscow at that time and couldn’t delay the planning of the rest of our trip any longer. In the meantime, the Western media was doing a great job at planting fear into our minds. We decided that we would visit Aleppo and Damascus crossing down to Syria from the Turkish-Kurdish border. We also wanted to see Hama and Homs; however, we soon dropped the idea. We knew we had to ignore the tragedies predicted by the mass media, especially as we have never been blind to the fascination it has for demonizing the Middle East and every event happening there. We took a deep breath in the knowledge of what was to come: we were going to do this.

Our last day in Turkey started in Şanliurfa, a tiny, pretty old town with thousands of years of history very close to Gaziantep.It was part of the ancient kingdom of Macedonia before becoming a Roman province, although it had been inhabited long before that. We took a bus to the main otogar of Şanliurfa and from there a dolmuş took us to Akçacale, the last Turkish city before the frontier with Syria. On our way south we saw the mythical Euphrates river and passed by lots of small, dusty, colorful noisy villages. After a couple of hours we were there: at the other side of the border we could see Tel Abyad, Syria. At Akçacale we made our way down from the dolmuş, the rickety mini-vans that work as the main means of transportation around small cities of inner Turkey, and we headed for the border control. The Turkish officer greeted us merrily and was visibly thrilled to see Argentinian passports for what, we think, might have surely been the first time in his life. Of course we didn’t have precise answers for all the questions he asked about Messi and Maradona, but we tried our best as he stamped our departure from the country. Exiting Turkey was a piece of cake, but entering Syria would prove to be not as simple.

We got closer to the Syrian border control and were immediately stopped by two officers who came out of a small booth in a corner. By the look of this border post we were not expecting anyone to speak English, but they did. One of them pointed to our backpacks and instructed us to open them over a table used for baggage inspection. A huge picture of Bashar al-Assad hanged from the ceiling and in that moment I realised it was too late to decide I wasn’t comfortable with the idea of crossing into Syria anymore. But there was nothing I could do about it; I was already there.

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They started looking into our backpacks while they asked a few questions about the reasons for our trip, and we could tell they were looking for some sort of electronic device. Of course they quickly found our laptop. They made us start it up and proceeded to clumsily open random files and programmes obviously lacking any deep understanding of how this machine worked. They took their time on our photos of Paris and Venice, probably more out of curiosity than security. They said we couldn’t enter Syria with the laptop and that they were genuinely sorry, but they just couldn’t: what if we were undercover journalists? What if we were there to stir the social unrest even further, showing people seductive pictures of our joyful life in the West? What if we brought words of freedom to spread around? We didn’t lose our temper, and kindly explained that we would wait all day if necessary for a suitable solution to the situation; we were not going back to Turkey and had all afternoon ahead to talk the problem through. What were we to do if by the evening we had not had a positive answer? This was a scenario we didn’t want to think too much about. We went on to make small talk with the officers, who now looked concerned about us and determined to help (after all, world-famous Muslim hospitality ran through their veins too), especially after Messi and Maradona were named, they love South American football leagues in the Middle East. We also learned that Syrians like to drink yerba mate tea, the national drink of countries such as Argentina, Uruguay and Chile. We were surprised to see them drinking it at the border, and they were even more surprised when we explained to them the correct way to prepare it (they appeared to be drinking a mess of over-heated water and yerba clumsily poured on some small vodka-like glasses, a method mysterious to anyone raised on the traditional culture of mate).

After long hours of officers and unknown authorities coming back and forth from an office upstairs and occasionally looking at us with worried faces, we were told that everything was alright and that we could cross the border with our laptop, but not before we received a big stamp in our passports that clarified the situation in Arabic just in case we were checked by the police during our stay in Damascus. We passed the border control and along the desert-like road, the small town of Tel Abyad looked almost post-nuclear. A ragged, dirty Syrian flag fluttered on the top of an unfinished building. At the faint sound of the adhan call to prayer being sung from a distant minaret, some men here and there placed their mats on the floor to pray towards Mecca while they waited for the bus to the capital. The crying voice of the imam pierced through the dead quiet air of this dusty, deserted town that seemed to never have been inhabited. A shabby minivan bound for another small city between Tel Abyad and Aleppo stopped at the improvised bus terminal to pick a few passengers up and we got on along with some Bedouins and women with their children. We had thought that the trip to Aleppo would be short and straightforward, but we soon learned that once you get to Syria, the best thing you can do is forget about your plans and just go with the flow.

To be continued….

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Tales of the Balkans: Macedonia and A Fantasy of Cultural Appropriation

By Florcita Swartzman


“So, what do you think about Macedonia?” my host in Skopje asks me. Mitre is a retired man who, as we talk over mint tea by the pool in the back garden, shows me the collection of books he’s written over the years: books about hotel management, based on Western capitalist marketing models. In the time of Tito’s Yugoslavia, writing this type of work was a jailable offense. My answer to his question is naive, as I have not yet been completely confused by the frail -and sometimes contradictory- sense of cultural belonging with which Macedonians seem to struggle so much. I tell him that Macedonia feels like a laid back country where people look like they have no worries, living in this recently independent nation beneath the notice of many other well-established countries. My already fragmented point of view may have been slightly biased by all the parties and open air festivals taking place in Ohrid during the summer I was there; yet, underneath all that colorful excitement, a true and complete existential crisis was shaking the very foundation of Macedonian identity.

The conflict between Greece and the Republic of Macedonia over the latter’s name is one of the oldest cultural disputes in the modern world. However, it is nothing new to the rest of their neighbors in the Balkan Peninsula, who roll their eyes in exasperation every time the argument comes up. Same old song and dance. In fact, Macedonia is only the colloquial and technically incorrect alias by which we refer to the Former Yugoslav Republic of Macedonia (FYROM), the name that the European Community agreed to provisionally adopt in order to pour oil on Greece’s troubled waters. And with the millions of euros that the current Macedonian government has spent over the last few years fabricating an awkward “Greek Muse” costume for Skopje, it is only natural to ask whether the Macedonian people are beginning to buy this fairy tale that is being constructed around their roots.

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The first thing that came to my mind while surveying the center of Skopje was that the architects of this “Extreme Makeover: Cultural Appropriation Edition” went a little overboard with the whole statue theme. There are far too many statues for one city, especially one so small. Every last bit of the town center is garishly decorated in the same manner: in the space of one block, there are three different bridges over the Vardar river. The main bridge, as well as the narrow street that leads to the entrance of the Archeological Museum of Macedonia, has been decorated with the statues of every conceivable artist and saint “born in Macedonia”. Or in what Macedonians think Macedonia is, which is not the same as what Greeks think Macedonia is. But we’ll get to that later. Regarding this shrine of Macedonian personalities, the riverside guides its visitors through the Walk of Heroes that the whole of Skopje’s downtown seems to be, to Macedonia Square. Here, towering majestically over the city, is the colossal statue, the crown of the city, the King of kitsch: the figure of Alexander the Great on his horse Bucephalus upon a 24-metre high pedestal, surrounded by soldiers in a defensive position and by golden lions spitting water, encircled by dancing waters timed with rhythmic lights. There is no room whatsoever for ambiguity here: this is everything Macedonia could hope for in the self-image she wants to convey to the world. But the red, paint-bombed lion testicles and the graffitied walls of the public buildings tell another story: apparently, not everyone in Skopje is thrilled with the city’s new look.

In April of 2016, fed-up Macedonians stood up against the government: the monumental plastic surgery that the capital had undergone in 2014 -consisting of more than 40 monuments, façades and new buildings- had cost the people over €560 million that could have been better spent investing in public services, which are in desperate need of improvement. The uprising, called the Colorful Revolution, left a good portion of Skopje’s fake-old architecture and the Disneyland-like statues brightly paint bombed and vibrant. Among the “Macedonian personalities” all about the city center, new heroes are now immortalized -not in stone, but in plastic and metal- the figures of the Bulgarian saints Kyrill and Methodii, the Tsar Samuil (also Bulgarian), the ethnically Albanian Mother Theresa, the Serbian Tsar Dusan, the Albanian military commander Skanderbeg, and various Bulgarian writers.

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But what about Greece, and why is this called the Macedonian-Greek conflict? The only Macedonia that Greece recognizes as legitimate is the territory comprised by East, Central and West Macedonia, three historical provinces located in the Greek north. Thousands of years before becoming who they are today, the Macedonians comprised one of the many Indo-European tribes that migrated from Asia Minor to the Balkan Peninsula, where they eventually consolidated as an empire. Their origin was not Hellenistic, but they spoke Greek, worshipped Greek gods and acquired the same general culture as the Greeks. Under Philip II, the father of Alexander the Great, they conquered Greece and kept it under Macedonian rule, until the Romans annexed it as a part of their territory by the name of “The Roman Republic of Macedonia.” Between this time and the independence of modern Greece, which occurred less than 200 years ago, various waves of invasions took place: not only from the Turk Ottoman Empire, but also from the medieval Slavic tribes that were seeking to expand their area of influence beyond the Kievan Rus. At this point, Macedonians ceased to be “that historical Greek-related tribe of ancient Mediterranean warriors,” to become a nation assimilated into and culturally absorbed by the Eastern Slavic world. The Slavic ancestry of Macedonia is unmistakable, and today the customs, language and folklore of this country are strongly tied to the Eastern European sphere. This is why the modern Macedonian demand to be recognized as the descendants of the historical Macedonia makes no more sense than modern Uzbeks claiming to be the children of Alexander the Great.

The Republic of Macedonia is a fine parallel to the dos and don’ts of a fancy cocktail party: do not overdo it on makeup. Do not arrive wearing the same clothes as the host through a fear of going unnoticed. Do not embark in a philosophical quarrel with the oldest, wisest person at the party (who could turn out to be the host as well). But most importantly, Do resist the urge to decorate at home with flashy symbols like the Vergina Sun, or the tantalizing name snitched from a warrior on his horse partying on the roof. I repeat: do not attempt to take these items home. Surely there is a good reason why History did not place them there in the first place.

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Cuentos de los Balcanes: Macedonia y una fantasía de apropiación cultural

Por Florcita Swartzman


“Y entonces, ¿qué piensas acerca de Macedonia?” me pregunta Mitre, mi anfitrión en Skopje; un señor retirado que, mientras charlamos tomando té de menta en la piscina del jardín trasero, me muestra una colección de los libros que escribió sobre hotel management bajo los modelos de márketing occidentales. Si alguien te descubría escribiendo sobre estos temas, podías ir preso durante los tiempos de Tito. Mi respuesta a su pregunta es ingenua porque todavía no me siento completamente confundida por lo frágil y a veces hasta contradictorio de la identidad cultural de los macedonios. Le digo que Macedonia me parece un país tranquilo y donde se ve que la gente no tiene grandes preocupaciones, siendo una nación recientemente independizada cuyo nombre suena a enigma para el resto del mundo fuera de Europa del Este, demasiado remoto como para siquiera molestarse. Puede haber sido que mi punto de vista estuviese levemente influenciado por todos los festivales y fiestas al aire libre que estaban sucediendo durante el verano que pasé en Ohrid y que en la realidad, debajo de toda esa diversión colorida, una verdadera crisis existencial estuviera sacudiendo las bases de la identidad macedonia hasta los huesos.

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El conflicto entre Grecia y la República de Macedonia sobre el nombre de esta última es una de las disputas culturales más antiguas del mundo moderno. En verdad, nada nuevo para el resto de sus vecinos en la Península Balcánica, que revolean los ojos exasperados cada vez que la discusión sale a relucir. Lo mismo de siempre. De hecho, Macedonia es sólo el nombre coloquial e incorrecto bajo el que conocemos a la constitucionalmente llamada Antigua República Yugoslava de Macedonia (ARYM), el nombre que la comunidad europea ha adoptado provisionalmente con el fin de calmar los ánimos inflamados de Grecia. Y con el gobierno habiendo gastado millones de euros en el disfraz de musa griega que Skopje está obligada a usar desde hace algunos años, no sería descabellado preguntarnos si los macedonios no estarán verdaderamente comenzando a creerse el cuento de hadas que se construyó en torno a sus raíces.

Lo primero que me vino a la mente cuando caminé por primera vez por el centro de Skopje fue que los arquitectos de este Extreme Makeover: Especial Apropiación Cultural fueron demasiado lejos con el tema de las estatuas. De verdad: son demasiadas estatuas para una sola ciudad, y para el caso una ciudad muy pequeña. Cada parte del centro es igualmente exagerada. Hay tres puentes distintos para cruzar el río Vardar en el espacio de una cuadra: el principal, junto con el angosto bulevar que lleva a la entrada del Museo Arqueológico de Macedonia, está decorado con las estatuas de todo posible artista y santo “nacido en Macedonia”. O en lo que los macedonios creen que es Macedonia, que no es lo mismo que lo que los griegos creen que es Macedonia. Pero ya vamos a llegar a eso. Volviendo al altar de las personalidades macedonias, y para coronar el Paseo de los Héroes que parece ser el centro de Skopje, la costanera desemboca en la Plaza Macedonia donde la gigantesca estatua se erige majestuosamente sobre la ciudad, la reina de las estatuas, el paroxismo de lo kitsch: la figura de Alejandro Magno montando su caballo sobre un pedestal de 24 metros de altura, rodeado por soldados en posición de defensa y leones dorados que escupen agua, todo cercado por un juego de aguas danzantes moviéndose al son de luces rítmicas en el piso. No queda ningún lugar a dudas: esto es todo lo que Macedonia sueña para su propia autopercepción. Pero los testículos pintados de rojo de los leones y los muros grafiteados de los edificios públicos cuentan otra historia: aparentemente, no todo el mundo en Skopje está conforme con el nuevo look de la ciudad.

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En abril de 2016, los macedonios se hartaron y se levantaron en contra del gobierno: la monumental cirugía plástica que atravesó Skopje en el año 2014 le costó a la gente más de 560 millones de euros que podrían haber sido mucho mejor empleados en los servicios públicos cuya calidad Macedonia está terriblemente necesitada de mejorar. El levantamiento, llamado la Revolución Colorida, dejó a una gran parte de Skopje pintada de colores brillantes y vibrantes; especialmente a los falsos antiguos edificios y a las estatuas que más parecen estar aptas para decorar un parque de diversiones. Entre las “personalidades macedonias” que se pueden encontrar en toda la ciudad están inmortalizadas -no en piedra, sino más bien en plástico y metal- las figuras de los santos búlgaros Cirilo y Metodio, el Zar Samuil (también búlgaro), la étnicamente albanesa Madre Teresa, el Zar Dusan (serbio), el comandante militar y héroe albanés Skanderbeg y varios escritores búlgaros.

¿Pero qué pasa con Grecia, y por qué lo llamamos el conflicto Greco-macedonio? Bueno, porque la única Macedonia que Grecia reconoce como legítima es la que comprende el territorio de Macedonia Este, Central y Oeste, tres provincias localizadas en el norte griego. Miles de años antes de convertirse en quienes son hoy, los macedonios eran una de las tantas tribus indoeuropeas que bajaron del Asia Menor para establecerse en la zona de los Balcanes, donde consolidaron su imperio. Su origen no era helénico pero hablaban griego, adoraban a los dioses griegos y compartían la misma cultura que los griegos de su tiempo. Su imperio fue tan poderoso que llegaron a conquistar Grecia y mantenerla bajo dominio macedonio hasta que los romanos la anexaron como parte de su territorio bajo el nombre de República Romana de Macedonia. Entre este momento y la independencia moderna de Grecia hace menos de 200 años varias olas de invasiones sucedieron; no solamente por parte de los otomanos sino también de las tribus eslavas que estaban buscando expandir su área de influencia desde el Rus de Kiev. Justo en esta parte de la Historia es cuando los macedonios dejan de ser esa tribu mítica de antiguos guerreros mediterráneos en estrecha relación con el mundo helénico para convertirse en una nación asimilada y culturalmente absorbida por la esfera eslava del este europeo. La herencia eslava de Macedonia hoy es inconfundible y las costumbres, la lengua y el folclore de este país están fuertemente atados a Europa del Este. Es por esto que la demanda de la moderna República de Macedonia de ser reconocida como descendiente de la Macedonia histórica tiene tan poco sentido como un reclamo que surgiera de los uzbekos exigiendo ser considerados como hijos de Alejandro Magno.

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La República de Macedonia es el mejor ejemplo de todo lo que no se debería hacer en una fiesta elegante: no exageres con el maquillaje. No llegues a dicha fiesta usando la misma ropa que el anfitrión solo porque tienes miedo de que de lo contrario nadie te note. No te embarques en una discusión filosófica con la persona más vieja y más sabia de la fiesta (que podría resultar también ser el anfitrión). Y lo más importante de todo; debes resistir el deseo de decorar tu casa con cualquier símbolo brillante como el sol de Vergina o algún nombre llamativo de un guerrero a caballo que puedas encontrar dando vueltas en la fiesta. Repito: no intentes llevarte estos objetos a tu casa. Debe haber una buena razón por la que la Historia no los puso en tus manos en primer lugar.

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Sobre Buenos Aires y Otros Sustantivos Irregulares

Por Florcita Swartzman

Aunque usted no lo crea, Buenos Aires no es exactamente lo que se diría una ciudad amable. Si usted vive en las afueras, en el conurbano bonaerense, tendrá que treparse a uno de esos trenes rojos o azules que traspasan los barrios y las horas lúcidas hasta llegar a Buenos Aires, la injusta hermana mayor que lo recibirá con una mirada llena de desconfianza y burla. Si usted vive en otra provincia, tal vez lo invada la leve sensación de que ella es el escenario en donde el resto del país está apenas invitado a actuar. Y en cualquier caso tendría razón: la capital a veces puede comportarse de forma muy tiránica con sus provincias vecinas; no es ninguna sorpresa que Juan Bautista Alberdi haya escrito que “Argentina salió del coloniaje de España solo para caer en el coloniaje de Buenos Aires”. Colonialismo interno, que le dicen.

 

Dicho esto, Buenos Aires no es tan cruel (aunque a veces lo pareciera). Estrictamente hablando, es una ciudad de contrastes y colores soleados. Excepto durante los días de lluvia, cuando se convierte en una metrópolis gris con baldosas que se lamentan por los desamores y la traición, como los antiguos tangueros, y en su dolor salpican con lágrimas lodosas los pies de los transeúntes. Tristes lágrimas porteñas. Pero hay otros momentos, como las tardes cálidas de verano, en que los jacarandás florecen cubriéndolo todo con sus pétalos violetas mientras que los porteños también florecen, a su manera sureña y humana: se sientan en las mesas afueras de los cafés a tomar un cortado y charlar durante horas sobre sueños, amor y las dificultades de la vida como lo han hecho desde el principio de los tiempos. O se juntan con amigos los domingos en un parque a tomar mate, esa bebida parecida al té que los extranjeros insisten en considerar como alucinógena. No lo es, créanme.

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Como el café, la cerveza y la pizza son todo un hit en Buenos Aires. Principalmente la pizza; uno de los más grandes legados de la inmigración italiana en Argentina (aunque la receta ha mutado tanto a lo largo del tiempo, que ahora nos quejamos de la vera pizza italiana cuando vamos a Nápoles porque no hay nada en el mundo como una buena pizza porteña). Pero la pizza no es el único tesoro cultural que Italia ha compartido con nosotros: bisabuelas capaces de cocinar spaghetti alla bolognesa para una legión romana entera, modismos del lunfardo como laburo, birra, testa, matina, fiaca, mufa or capo, los gestos exagerados que acompañan la charla estridente y nuestra actitud general frente a la vida son todos resultados directos de la llegada masiva de inmigrantes italianos pobres al puerto de Buenos Aires entre las décadas de 1850 y 1960.

 

Y claro que en Buenos Aires también están los buses: no puedes vivir con ellos, no puedes vivir sin ellos, pero tienes que entender de qué se tratan si quieres comenzar a ordenar las piezas de tu rompecabezas para interpretar esta ciudad. Los buses públicos -o colectivos como nosotros los llamamos- gobiernan las calles de la Capital Federal y alrededores, son la forma más barata de moverse de un lado a otro y van y vienen a cualquier parte y a todas partes del centro y el conurbano. Pero solo hay un pequeño detalle: quienes los conducen, los colectiveros, son seres especiales; un poco como entre humanos y extraterrestres. Si vamos a la práctica, cómo tomar un colectivo en Buenos Aires es otra historia, tan buena para un libro como cualquier otra. Una vez que tienes clara tu ruta, ‘nada más’ tienes que encontrar la parada de colectivo más cercana, lo que puede ser un verdadero desafío ya que no tienden a estar muy bien marcadas en la calle. Encontrarlas es una cuestión de suerte, intuición y conocimiento callejero combinados, algo así como una habilidad cósmicamente accidental con la que nacemos los porteños. Todo esto algunas veces puede dejar al visitante extranjero algo confundido y con la sensación de que todos los mecanismos de esta ciudad están accionados por el azar, de que en Buenos Aires no hay reglas particulares para absolutamente nada y de que es posible que la palabra ‘previsibilidad’ no exista en el idioma español (pero existe, amigos, existe). Lo sabemos. Pedimos disculpas. No estamos trabajando para solucionar el inconveniente y probablemente nunca lo haremos.

 

Si logras atravesar revueltas feministas, manifestantes en contra de la prohibición legal de la marihuana, coloridas marchas del Orgullo gay y otras manifestaciones aleatorias por cualquier razón que estemos de humor para exponer en la vía pública, Buenos Aires te recompensará la vista con la hermosa arquitectura de barrios como Palermo, Recoleta, Retiro, San Telmo o La Boca, cada uno con su personalidad y ambiente particulares. Sólo tienes que mirar hacia arriba para participar del mundo de detalles y relieves art nouveau, neoclásicos y barrocos suspendido en lo alto de los antiguos edificios reciclados. Todo suena muy poético -excepto por las manifestaciones y protestas- pero no te olvides de que estás en una de las capitales más ruidosas de Sudamérica, con bares abiertos toda la noche durante los fines de semana, gente saliendo a cenar después de las 10 de la noche y discotecas llenando el ambiente con música que llega a la calle ya ensordecida y enredada en un murmullo interminable. Los amantes de las letras, la literatura y la quietud no se sentirán fuera de lugar sin embargo: una gran parte del encanto de Buenos Aires vive en las librerías de segunda mano de las calles Córdoba y Corrientes, pequeños y polvosos galpones como portales a otros mundos. Todo tipo de libros -literatura latinoamericana mezclada con ensayos filosóficos y cursis novelas románticas- descansan sobre estantes de madera a punto de colapsar mientras los clientes, más que nada estudiantes de Filosofía y Letras, pasean por los pasillos oscuros y angostos entregándose al placer de oler viejos volúmenes de la obra de Jean Paul Sartre.   
Es una tarde de jueves y camino por la calle Reconquista hacia Retiro, la principal estación ferroviaria de Microcentro. El sol de las 6 de la tarde le da a la escena un tono rosado y onírico a una zona que por lo demás es fría, corporativa. Éstas últimas cuadras antes de que Reconquista se encuentre con la concurrida avenida Leandro N. Alem se sienten algo diferentes de todo lo demás alrededor, como si la atmósfera repentinamente cambiara en el curso de unas pocas cuadras. Aquí la calle se angosta, hay más árboles a lo largo de las aceras, más negocios y restaurantes, y a la distancia se puede ver la Torre Monumental, una torre de estilo paladiano construida en conmemoración del centenario de la Revolución de Mayo y un monumento muy vinculado a nuestra relación tumultuosa con Inglaterra. Me subo al tren y al llegar camino a mi casa pensando en cómo odio Buenos Aires a veces, cómo la amo otras, y cómo la extraño cuando estoy lejos. La odio por ser tan descaradamente caótica. La amo por mostrarse siempre tal cual es, aún con sus múltiples defectos. No le cambiaría ni una sola cosa.

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On Buenos Aires and Other Irregular Nouns

By Florcita Swartzman

You might not believe it, but Buenos Aires is not exactly a kind city. If you live in the outskirts, in the conurbano bonaerense, you will have to climb on one of those red or blue trains that speed through both neighborhoods and lucid hours in order to get to Buenos Aires, to get to the big unfair sister who will welcome you with wary eyes full of amusement. And if you live in a different province, you might get the vague feeling that she is the stage in which the rest of the country is barely invited to perform. In either case you would be right: the capital can be very tyrannical over her own fellow provinces; no wonder Juan Bautista Alberdi once wrote that “Argentina broke free from the yoke of Spain only to fall under the yoke of Buenos Aires”. Internal colonialism, as they call it.

 

That said, and though at times it seems so, Buenos Aires is not all that cruel. Strictly speaking, it is a city of contrasts and sunny colors except on rainy days when it becomes a grey metropolis with crying tiles that brood about love and betrayal, just like the old tangueros would, and splash passers-by with their muddy tears. Tristes lágrimas porteñas. But at other times, like warm spring afternoons, jacarandá trees bloom and scatter their violet flowers all across the city while porteños bloom too in their own human, southern ways: they’ll sit at a table outside of a coffee shop and talk over a cup of a cafecito for hours on end about dreams, love, and the hardships of life just as they have done since the beginning of time. Or they will gather with friends at parks on Sundays to drink mate, that tea-like drink foreigners insist has hallucinogenic effects. It doesn’t, believe me.

 

Like coffee, beer and pizza are huge in Buenos Aires. Mostly pizza; one of the greatest legacies of the Italian immigration in Argentina (although the recipe has mutated so much over time that we now complain about la vera pizza italiana when we visit Naples, because nothing in the world tastes quite like una buena pizza porteña). But pizza is not the only piece of cultural wealth that Italy has shared with us: great grandmothers able to cook spaghetti alla bolognesa for an entire Roman legion, slang words like laburo, birra, testa, matina, fiaca, mufa or capo, the exaggerated hand gestures that accompany loud talking and our general attitude towards life are all direct results of the major disembarkations of poor Italian migrants that took place in Buenos Aires between the 1850’s and the not-so-distant late 1960’s.

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Of course there’s the buses too: you can’t live with them, you can’t live without them, but you have to know what they are about if you want to get the pieces of your Buenos Aires puzzle together. The public buses -or colectivos as we call them- rule the streets of Capital Federal and its outskirts, are about the cheapest way to move around and come and go anywhere and everywhere. But there is one little detail about them: their drivers are a different kind of being, something between human and extraterrestrial. Now, how to actually take the bus in Buenos Aires is a different story, as worthy of a book as any other subject. Once you figure out your route, you ‘only’ have to find the location of your nearest bus stop, which can be a real challenge as they don’t tend to be well marked. Spotting them is a matter of luck, intuition, and common knowledge combined, almost like a cosmically accidental divine ability porteños are gifted with at the time of our birth. This sometimes leaves the outsider confused and with the sense that everything in this city works randomly, that in Buenos Aires there are no particular rules for anything at all and that there must be no Spanish translation to the word foreseeability. We know this. We apologize. We are not working to solve this inconvenience, and probably never will.

 

If you manage to walk through feminist riots, protestors against the ban on marijuana, colorful LGBT Pride parades, and just random demonstrations for whatever reason we’re in the mood to complain about (and if you are able to make it out in one piece), Buenos Aires will reward your sight with the beautiful architecture of neighborhoods like Palermo, Recoleta, Retiro, San Telmo or La Boca, each one with its own distinct personality and vibe. You only have to look up to notice a whole new layer of the city; a suspended world of Art Nouveau, Neoclassical and Baroque reliefs in the upper part of old recycled buildings above eye level. It all sounds very poetic -except for the riots and demonstrations-, but don’t forget that you are in one of the loudest capitals of South America, with bars open all night during weekends, people going out for dinner at 10:30 pm, and nightclubs filling the air with muffled music. The lovers of quiet, of words, and of literature, however, won’t feel left out here: a part of the charm of Buenos Aires lives in the second-hand bookstores scattered around the streets Córdoba and Corrientes; little dusty shops like portals to another world. All sorts of books -Latin American poetry mixed up with philosophical essays and cheesy romantic novels- pile up on weak wooden shelves about to collapse any time while customers, who are mostly students of Filosofía y Letras, walk through the narrow dark halls reveling in the pure pleasure of the smell of Jean Paul Sartre’s work.

 

It’s a Thursday afternoon and I’m walking down Reconquista street towards Retiro, the main urban train station of Microcentro. The 6 pm sunlight gives the scene a dreamy pinkish tone and a warmer look to this otherwise hustling, corporate-like, area. These last few blocks before Reconquista meets the busy Leandro N. Alem avenue feel somewhat different from everything else around them, as if the atmosphere all of a sudden changed slightly within a couple of blocks though I have never been able to point out why. Here the street gets narrower, more trees and shops and restaurants line up along the sidewalk and, from a distance, you can already see the Torre Monumental, a Palladian-style tower built to commemorate the centenary of the May Revolution and a monument that has always been linked to our bumpy relationship with England. I take the train and walk home at times thinking about how I hate Buenos Aires, at other times I think of how I love her and miss her against my own will when I’m abroad. I hate her for being so overtly chaotic. I love her for always showing herself as she is, even with her many flaws. I would never want to change a thing about her.

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Un Mes En Kiribati (o La Anatomía Del Paraíso Primitivo)

por Florcita Swartzman

Las angostas callecitas de tierra que serpentean entre las aldeas de Tarawa Sur, la principal isla y capital de Kiribati, ofrecen una vista bastante particular: pequeñas chozas junto al mar construidas con hojas y palos de palmera, perros, gallinas y cerdos corriendo libremente y, por supuesto, los usuales grupitos de niños desnudos, riendo y gritando aquí y allá. Estos niños, nacidos en el paraíso tropical y criados en el eterno ahora, no tienen ningún problema al momento de señalar a un i-matang cuando lo ven. Pasas caminando entre ellos, el i-matang, el extraño blanco, y te siguen. No te dejan continuar caminando. Se acercan y te rodean, todo risas y grititos explotando como fuegos artificiales. Sí, te tocan. Toman tu mano, la miran curiosamente durante un rato, y la aprietan. Un apretón demasiado fuerte. ‘Eres real’ es lo que casi puedes escucharlos pensando. ‘¿Cómo puedes verte tan diferente a mí y sin embargo ser…tan similar?’ Seguro, la i-matang está desesperadamente necesitada de sol del Pacífico que broncee su pálida piel, pero puedes aprender una cosa de ella: venimos del mismo lugar.

Los mecanismos de la economía de mercado son relativamente recientes para los kiribatianos, cuya moneda oficial, además del dólar australiano -usado en la capital del país y felizmente ignorado en el resto del territorio- es el trueque. Ellos intercambian bienes por otros bienes y servicios, como pollos por ropa, pescado por ayuda para techar una nueva choza, arroz por tuba de coco, etcétera. Bajo todo punto de vista, una economía de subsistencia. Estamos frente a un país que el experto occidental, pobremente entrenado en el arte de la vida primitiva, llamaría ‘pobre’. ¿Qué es la pobreza, de todos modos, y cuáles son los parámetros que estamos utilizando para medirla? ¿Asociamos pobreza con una alta tasa de criminalidad? ¿Con el hambre? ¿Con la falta de seguridad económica? ¿Nos detenemos alguna vez a pensar que esos pobres podrían no sentirse pobres en absoluto? ¿Podrá ser que estemos, tal vez, ligeramente disparando la palabra pobreza sin una comprensión real de su significado?

Los kiribatianos no trabajan en el sentido en que nosotros lo hacemos. Ellos trabajan codo a codo con la naturaleza. Matan a sus animales para consumir la carne (a la antigua; sin industrias, dinero ni fábricas involucradas. Sólo ellos y su comida). Claro que no tienen horarios de trabajo, y sus funciones fisiológicas no están dictadas por ninguna convención externa, sino sincronizadas con sus relojes internos. Construyen sus casas con sus propias manos y comparten vida y risas con sus vecinos de aldea. ¿Quién necesita riquezas materiales cuando uno puede tomar, respetuosamente, todo lo que necesita de la naturaleza? Es evidente que los kiribatianos tampoco necesitan de ningún sistema de márketing publicitario que les diga cómo sentirse respecto de sus cuerpos ni sus elecciones personales. Nadie que nazca y se críe en una sociedad que inculca la autoaceptación tiene la necesidad de aprender el significado de palabras como envidia, vergüenza, resentimiento o avaricia. Nadie espera que seas alguien que no eres en una sociedad donde poco es suficiente.

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Después de las clases, los chicos generalmente se reúnen a jugar en grandes grupos. La edad no es un factor importante pero tienden a socializar más con sus compañeros de grado, ya que la aldea entera asiste a la misma escuela primaria. El género definitivamente tampoco es una limitación: en todas las aldeas se puede ver a las chicas jugando al fútbol, correteando descalzas y ensuciándose tanto o más que los chicos (¡el Pacífico no es el lugar indicado para venir a buscar princesitas delicadas!). Generalmente juegan también con piedras, palos y piezas de cualquier material descartado que puedan encontrar y convertir en nuevas creaciones y juguetes. Cuanto más te alejas de la capital, más raros se vuelven los dispositivos de entretenimiento como los televisores, las radios y los teléfonos. Sitiados por el sonido de risas infantiles, los adultos de la aldea tejen cortinas y alfombras de hojas de coco para sus chozas, hacen ejercicio, juegan -dependiendo del humor del día- al vóley o a juegos de mesa, van al agua a pescar y a nadar, trepan cocoteros para bajar la preciosa savia que después de destilada se beberá como tuba, y se reúnen a disfrutar de su mutua compañía. A veces los puedes ver sencillamente sentados, sin hacer nada, sin hablar. A veces las palabras no cuadran con ciertos momentos particulares.

En el atolón de Tarawa, la mayoría de las aldeas e islotes al norte de Tarawa Sur no tienen energía eléctrica: así que aprendes a despertarte con la salida del sol y el canto del gallo más cercano, vives tu día y te vas a la cama cuando los ojos se te cansan después de leer durante horas a la luz de la luna. La desintoxicación de nuestras distracciones diarias no es tarea fácil, pero al final te acostumbras tú también al silencio y a la contemplación, cuando te das cuenta de que los teléfonos móviles y las computadoras no tienen realmente lugar en una isla como ésta. Es casi como si fueran máquinas incoherentes, herramientas innecesarias de otro tiempo. Sin ellas te familiarizas más fácilmente con las fases de la luna, el comportamiento del clima, la forma en que la mente colectiva de los pájaros está siempre en sintonía con el cielo y otros, quizás más verdaderos, aspectos de nuestra realidad más inmediata como seres humanos.

‘Kiribati: para viajeros, no turistas’ es el eslogan de la Oficina de Turismo de Kiribati. Y detrás de esas palabras se esconde un manifiesto en cinco palabras, una advertencia e incluso hasta también una orgullosa declaración identitaria. En el mundo queda hoy solamente un puñado de paraísos primitivos, vírgenes, ajenos a los intereses de la esfera económica de Occidente, librados a su propia autodeterminación. Algunos otros no han sido tan afortunados a lo largo de nuestra Historia, pero son parte de ella también. No muchos exploradores tienen el coraje de aventurarse a las profundidades del corazón de este archipiélago, pero si te dejas tragar por él y luego regresas, como si hubieses atravesado el espejo para siempre, a una dimensión que ya no te pertenece, es seguro que volverás con un mensaje: no te olvides de tus raíces.

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